Punta del Este: del pueblo de pescadores a ícono internacional

Punta del Este: del pueblo de pescadores a ícono internacional
Un antes y después, de cómo la península de Punta del Este fue transformándose a lo largo de los años hasta llegar a ser una de las ciudades mas visitadas de Sudamérica. Imagen izquierda de 1910 - Imagen derecha en la actualidad.
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Por Marisol Nicoletti

La ciudad de Punta del Este celebra este 5 de julio un nuevo aniversario de su fundación oficial, ocurrida en 1907. Son 119 años de una historia que comenzó con un pequeño pueblo de pescadores y que, generación tras generación, fue creciendo hasta convertirse en una de las ciudades más atractivas de América Latina y uno de los destinos más reconocidos del mundo.

La región en sus primeros tiempos era un paisaje de médanos, costa agreste y pequeñas construcciones vinculadas a la pesca y la navegación. Esta ilustración, realizada en 1853 por el artista estadounidense Frank Vincent y conservada en el Museo Histórico Nacional de Uruguay, muestra una de las representaciones más antiguas del lugar. Desde un punto cercano a la actual Liga de Fomento y Turismo, mirando hacia Maldonado, se distingue sobre un médano la Torre del Vigía, entonces uno de los grandes hitos visuales del paisaje. En primer plano aparecen ranchos de pescadores, redes y pequeñas embarcaciones a vela, testimonio de una región donde el mar marcaba el ritmo de la vida cotidiana mucho antes del desarrollo urbano.

Pero toda gran ciudad tiene un origen. Y Punta del Este también guarda el suyo, entre el mar, los médanos y los sueños de quienes imaginaron un futuro donde otros solo veían arena y horizonte.

Croquis general de toda la costa de Maldonado hasta Montevideo, vista desde el agua.
Antes de los grandes edificios y las avenidas, la península era un paisaje de arena, médanos y pocas casas. Allí comenzaba a escribirse la historia de Punta del Este.

En su prehistoria aparecen los pueblos originarios. Mucho antes de que existieran calles, hoteles o residencias, fueron ellos quienes habitaron estas tierras privilegiadas entre el Río de la Plata y el océano Atlántico.

Después llegaron las primeras chozas y pequeñas construcciones que dieron vida al incipiente pueblo de pescadores, conocido inicialmente como Villa Ituzaingó. Recién en 1907 la zona adoptó oficialmente el nombre de Punta del Este y recibió el estatus de pueblo.

Sobre el lomo de la Ballena los españoles construyeron, durante la colonia, un tipo de cerco de piedra, conocido como pica. Fuente: Cronología de Punta del Este, por Anibal Barrios Pintos

Décadas más tarde, otro visionario dejaría una huella imborrable en la región. Antonio Lussich, marino, empresario, escritor y pionero de la forestación en Uruguay, transformó el árido paisaje de Punta Ballena en un inmenso bosque mediante un ambicioso plan de forestación iniciado a fines del siglo XIX. Con la introducción de cientos de especies provenientes de distintos continentes, dio origen al actual Arboretum Lussich, una de las reservas forestales artificiales más importantes del mundo y un legado que cambió para siempre el paisaje de la bahía de Maldonado y el entorno de Punta del Este.

La historia moderna comienza en 1829, cuando don Francisco Aguilar impulsó el desarrollo del pequeño villorrio. Aguilar había llegado al Uruguay en 1810 y era un hombre de fortuna y una visión poco común para su tiempo. Fue propietario de una flota de barcos mercantes, el primer armador naval del país, estanciero, ganadero, comerciante, dueño de pulperías y también ocupó cargos públicos de relevancia como alcalde de Maldonado, administrador de Correos y senador de la República.

Francisco Aguilar, fundador de Maldonado y figura clave en los primeros años de Punta del Este. Comerciante, hacendado y político, impulsó el desarrollo de la región en el siglo XIX. Retrato conservado en la Biblioteca Nacional de Uruguay.

Radicado en Maldonado desde 1811, adquirió tierras y, junto a un reducido grupo de colonos, desarrolló la agricultura, la cría de gusanos de seda y la fabricación de baldosas, instalando la primera fábrica en Punta del Este. También impulsó los saladeros, una de las primeras actividades económicas de la península.

Una postal de comienzos del siglo XX, cuando era habitual ver lobos marinos descansando en las playas de la península de Punta del Este. Durante décadas, la cercana Isla de Lobos fue escenario de la explotación comercial de estos animales por sus pieles y grasa, una actividad hoy prohibida. La recuperación de la especie permitió convertir a la isla en la mayor reserva de lobos marinos del Hemisferio Sur y en un símbolo de la conservación de la fauna marina uruguaya.

La abundancia de ballenas en estas costas lo llevó a obtener el derecho exclusivo para pescar y faenar estos animales durante diez años en el puerto de Maldonado y en las costas del Estado, abonando 75 pesos cada seis meses. Esa autorización también incluía la explotación de los lobos marinos de Isla de Lobos y del departamento de Rocha.

Con sombreros, vestidos largos y trajes de baño de época, los primeros visitantes transformaron estas playas en el escenario de los primeros veranos de Punta del Este. Sin imaginarlo, estaban escribiendo el comienzo de la historia del balneario más emblemático del Uruguay.

Más tarde, el 13 de junio de 1843, la península fue vendida a los hermanos Samuel y Alejandro Lafone, quienes la adquirieron por 4.500 pesos. Ese mismo día también compraron la Isla Gorriti por 1.500 pesos. Al igual que Aguilar, los Lafone continuaron explotando los saladeros, manteniendo viva la actividad económica de la región.

El histórico muelle de la Parada 24, en Playa Mansa, fue durante décadas un punto clave para el embarque y desembarque de pasajeros y mercaderías. Muy cerca de allí desemboca un arroyo de agua dulce que, desde la época de los primeros navegantes y de la piratería en el Río de la Plata, permitía a las embarcaciones reabastecerse de agua potable antes de continuar viaje. Hoy, este mismo sector vuelve a proyectarse como un lugar estratégico con la propuesta de construir una terminal para cruceros, recuperando su histórica vocación portuaria.
Durante décadas, la región solo podía alcanzarse por mar o tras largas jornadas en carretas tiradas por bueyes o caballos. El viaje era lento y exigente, reflejo de un territorio aún aislado donde cada llegada suponía toda una travesía.”

Moverse hasta Punta del Este no era sencillo. El único vínculo con la ciudad de Maldonado era una carreta que atravesaba inmensos médanos siguiendo la costa. Aquellas dunas parecían no tener fin. Para poder recorrerlas, Aguilar introdujo en el país los primeros dromedarios utilizados como animales de trabajo, una imagen que hoy parece salida de una novela, pero que forma parte de la historia más curiosa de la península.

Antes de los grandes edificios y las avenidas, la península era un paisaje de arena, médanos y pocas casas. Allí comenzaba a escribirse la historia de Punta del Este.

Desde su fundación oficial en 1907, el crecimiento nunca se detuvo.

Entre los grandes pioneros aparece Enrique Burnet, responsable de iniciar gran parte de la forestación que todavía hoy caracteriza a Punta del Este.

Enrique (Henry) Burnett y su esposa, Carmen Rodríguez. Su incansable labor para forestar los médanos transformó para siempre el paisaje de Punta del Este. En reconocimiento a ese trabajo recibió, en 1922, una medalla ‘en premio a su intensa labor en pro del árbol’, símbolo del legado que aún perdura.

Sus extensas plantaciones de pinos lograron contener el avance de los médanos, evitando que la arena cubriera el naciente poblado y cambiando para siempre el paisaje de la península. Aquellos árboles no solo fijaron el suelo: también sembraron el futuro.

Las primeras forestaciones impulsadas por Enrique Burnett marcaron un antes y un después en la historia de la península. La plantación de miles de pinos y otras especies logró fijar los médanos, detener el avance de la arena y hacer posible el desarrollo urbano y turístico de Punta del Este.

En aquel 1907, Punta del Este era apenas un pequeño pueblo. Existían el Hotel Risso, la Capitanía, el Chalet Suárez y alrededor de cincuenta viviendas. Ese mismo año llegaron los primeros veraneantes a bordo del vapor Golondrina: familias argentinas y montevideanas invitadas por el Directorio de la Sociedad Balneario Punta del Este, que ya comenzaba a imaginar el enorme potencial turístico del lugar.

Cambios constantes

Fotografía tomada desde el Faro de Punta del Este. La imagen testimonia un tramo de la costa de Maldonado cuando aún predominaban las construcciones dispersas y los caminos de arena.

Poco a poco, aquel pueblo empezó a transformarse en ciudad. Las playas Mansa y Brava dejaron de ser un secreto para convertirse en uno de los destinos más codiciados del continente. Cada verano llegaban nuevos visitantes y, con ellos, nuevos proyectos, nuevas inversiones y nuevas historias.

La vista desde el Faro retrató la evolución edilicia de Punta del Este. En primer plano se destaca un antiguo galpón de estilo art decó y, detrás, un mar de casas blancas coronadas por los característicos techos de tejas coloradas. Fabricadas artesanalmente con arcilla, aquellas tejas eran conocidas como musleras, porque los artesanos les daban forma apoyándolas sobre sus propios muslos. Ese paisaje armónico definió durante décadas la identidad de la península. Hoy, este sector histórico del Barrio Faro continúa protegido de la edificación en altura para preservar su patrimonio arquitectónico y urbano, una tarea impulsada por la Comisión de Amigos del Faro y la normativa patrimonial que resguarda uno de los rincones más emblemáticos de la ciudad.

Cada 5 de julio, Punta del Este celebra un nuevo aniversario. En 1907, la entonces Villa Ituzaingó fue declarada pueblo y adoptó oficialmente el nombre de Punta del Este. Sin embargo, su historia había comenzado décadas antes, cuando los primeros pobladores sentaron las bases de una ciudad que no dejó de crecer.

Primero aparecieron los chalets de tejas rojas, que todavía hoy forman parte del patrimonio arquitectónico y afectivo de Punta del Este. Luego llegaron los grandes hoteles, entre ellos el emblemático Hotel San Rafael, símbolo de una época de esplendor. Hacia mediados del siglo XX, la ciudad ya era uno de los balnearios más prestigiosos del continente. La combinación de playas, bosques, arquitectura y naturaleza había dado forma a un destino elegante, sofisticado y diferente.

El puerto de Punta del Este fue durante décadas escenario de inolvidables jornadas de verano, con las zambullidas desde el muelle como un ritual que marcó a varias generaciones.

Más tarde llegaron los festivales internacionales de cine, las conferencias políticas, las grandes reuniones empresariales y las menciones en diarios y revistas de todo el mundo.

El Palacio de Festivales de Punta del Este, con la emblemática Sala Cantegril, fue durante décadas uno de los grandes escenarios culturales de la ciudad y símbolo de una época de esplendor, festivales y vida social en la península.

Punta del Este consolidó una identidad propia: una ciudad donde el bosque y el mar convivían con hoteles de lujo, barrios residenciales, casinos y una infraestructura cada vez más moderna.

La década de 1980 marcó el comienzo de una nueva etapa con el gran desarrollo inmobiliario. Aparecieron las primeras torres y los edificios de gran escala.

Ayer y hoy. Durante décadas, los grandes chalets y hoteles que dieron identidad a Punta del Este marcaron el paisaje de la península. Con el auge del desarrollo inmobiliario, muchos fueron demolidos para dar lugar a edificios en altura, en un proceso que transformó para siempre la fisonomía de la ciudad y en el que gran parte del patrimonio arquitectónico quedó sin protección. En la imagen superior, La Cigale, el emblemático establecimiento inaugurado por la pionera hotelera Madame Pitôt en 1926, símbolo de la Belle Époque esteña.

Durante los años noventa y los primeros años del nuevo siglo ese crecimiento se aceleró con residencias de alta gama, nuevos servicios y una infraestructura preparada para recibir visitantes de todo el mundo. El skyline comenzó a cambiar y la ciudad inició la expansión que hoy la caracteriza.

Balneario Las Grutas. A fines de la década de 1960, el arquitecto uruguayo Samuel Flores Flores transformó estas cuevas naturales de Punta Ballena en un audaz complejo de piscinas de agua de mar, terrazas y paradores integrados a la roca. Inaugurado en 1968, el proyecto fue una revolución para su época y su concepto inspiró desarrollos turísticos que años más tarde adoptarían cadenas internacionales como Club Méditerranée en distintas costas del Mediterráneo. Aunque el complejo funcionó apenas unos pocos años antes de ser demolido, quedó en la memoria como una de las obras más innovadoras y emblemáticas de la arquitectura turística uruguaya.

Ya en el siglo XXI, Punta del Este dio un nuevo salto. Su crecimiento dejó de concentrarse únicamente en la península para integrarse naturalmente con Maldonado, Punta Ballena, La Barra, Manantiales y José Ignacio, conformando una región cada vez más dinámica y diversa.

La evolución de Punta Ballena. De una costa casi intacta y con pocas construcciones a un enclave residencial de referencia internacional. El paso del tiempo revela el crecimiento de la península sin perder la impronta natural de sus acantilados y playas.
Inaugurado para guiar a los navegantes en el extremo más rocoso de la península, el Faro de José Ignacio se erige hoy como un emblema de la costa uruguaya, conectando el misticismo del pasado con el crecimiento contemporáneo.
En el puente de madera no podían cruzar dos autos al mismo tiempo, por un tiempo acompaño al puente ondulado. La barra ya se poblaba cada vez mas . Al puente ondulado le cantó el poeta chileno Pablo Neruda. Y cuando fue necesario construir un segundo puente, la fuerza de las formas del primero impidió que el diseño fuera otro. Hoy los dos puentes paralelos, son uno de los grandes símbolos de la pujante ciudad de Punta del Este.

La ciudad que aprendió a vivir todo el año

Hoy Punta del Este atraviesa uno de los momentos más importantes de su historia. Continúa recibiendo inversiones, nuevos residentes y una corriente migratoria que la elige por su calidad de vida. Pero la mayor transformación quizás sea otra.

Dejó de ser solamente un balneario para convertirse en una ciudad.

Una ciudad donde ya no todo ocurre durante enero y febrero. Colegios y universidades, centros de salud de excelencia, museos, cines, teatros, una agenda cultural permanente, congresos internacionales, gastronomía de primer nivel, deporte, innovación y nuevos desarrollos inmobiliarios mantienen viva a Punta del Este durante los doce meses del año.

El nuevo Hotel Casino & Resort Cipriani Punta del Este reinterpreta el histórico predio del San Rafael y proyecta una nueva etapa de lujo, inversión y proyección internacional para la ciudad.

Hoy ya no se la elige únicamente para vacacionar. Se la elige para vivir, trabajar, invertir, emprender y formar una familia.

Sin embargo, detrás de cada nueva torre, de cada avenida y de cada proyecto sigue latiendo el mismo espíritu que inspiró a Francisco Aguilar, a los Lafone, a Enrique Burnet, Juan Gorlero, Madame Pitôt, Antonio Lussich, y a tantos otros pioneros que imaginaron un futuro extraordinario para esta península.

El perfil urbano de Punta del Este al atardecer, con la bahía y su característico skyline, refleja la transformación de la ciudad en uno de los destinos turísticos más emblemáticos de Sudamérica.

Porque Punta del Este nunca dejó de crecer, pero tampoco perdió aquello que la hace única: el encuentro entre el bosque y el mar, la calidez de su gente y esa capacidad de reinventarse generación tras generación.

Quizás ese sea su mayor patrimonio.

No solo haber construido una de las ciudades balnearias más prestigiosas del mundo, sino haber aprendido, sin renunciar a su esencia, a vivir todo el año.


“Algunas ciudades cumplen años.
Punta del Este, en cambio, sigue cumpliendo sueños.”

Las imágenes utilizadas en este informe pertenecen al archivo de PDEI, algunas son ilustrativas, editadas y generadas por IA.