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Carlos Libedinsky-Arquitectura y Ecología

Es uno de los arquitectos de mayor prestigio, dueño de una casa icónica en José Ignacio, que fue tapa del no menos icónico libro de la década del 90, «Punta del Este. Arquitectura y Paisaje». Su relación de toda la vida con la ciudad. Sus ideas arquitectónicas y urbanísticas. Los motivos que lo llevaron a construir de determinada manera su casa, la importancia del respeto por la naturaleza a la hora de plantear una obra: gustos y disgustos sobre la arquitectura esteña. Una recorrida a través de la mirada intensa del arquitecto Carlos Libedinsky, una voz indispensable y apasionada que merece ser escuchada.

Libedinky en el jardín de su casa llega al mar, junto a los lobos marinos, fieles visitantes desde hace décadas.

Sus obras, lo preceden. Sus casas y edificios dan cuenta del arquitecto que las construyó. Sus conceptos sobre ecología y arquitectura marcan un antes y un después en la materia. Es el autor de una de las casas más icónicas de Punta del Este, ubicada frente al mar, en José Ignacio, en un sitio que más que un lote es un accidente geográfico. Una casa que parte de un concepto: «La ecología, esa palabra tan bastardeada, es el punto de partida de toda arquitectura. Los nuevos inputs para la disciplina pueden tener variaciones y provenir de actividades dispares pero el que no puede soslayarse es el input de la ecología», reflexiona el arquitecto Carlos Libedinsky sobre esa casa en particular y sobre la arquitectura en general. Ese concepto es el que rigió siempre en su trabajo y el que lo volvió uno de los referentes tanto en Uruguay como en Argentina sobre el impacto ambiental de una obra.

El edificio Torre Libedinsky, en Buenos Aires , tiene su fachada espejada que refleja el entorno de bosques.

«Vine a Punta del Este por primera vez hace 78 años, obviamente con mis padres. Hasta esa época, ellos veraneaban en Mar del Plata pero después quedaron enamorados de esta ciudad. Primero alquilaban diferentes casas y luego compraron una en la punta, donde ahora está el edificio Terrazas del Este. Era una casa que había pertenecido a una familia muy tradicional de la ciudad, los Mailos. Pero no era una casa importante de los Mailos, sino una más bien modesta que quedaba sobre el mar y tenía una curiosidad: sus ventanas principales no daban al mar sino a la calle. Sólo tenía un balcón que daba al mar, al que se accedía por una puerta opaca», recuerda Libedinsky sobre sus primeras aproximaciones con la ciudad.

Para el arquitecto, quien pasó buena parte de su vida en la ciudad, «hasta los años 50 todo se desarrollaba en la punta. Después comenzaron a aparecer otras opciones. La primera muy exitosa fue El Cantegril, de la familia Litman. En esa época, a mí y a mi madre nos parecían fantásticos los festivales de cine, donde vimos a Cantinflas, a Trevor Howard, a muchísimos actores y actrices de fama mundial y las películas de Bergman antes que en otro lugares del mundo. Los organizaba Mauricio Litman, a quien llegué a conocer muy bien porque su firma «El Ciervo» me había contratado en Buenos Aires como arquitecto. Yo era el tercer arquitecto en importancia de la firma que tenía… tres arquitectos. Nunca fui un arquitecto exitoso, una estrella», dice Libedinsky con infinita modestia. Y, si se quiere, faltando un poco a la verdad porque su obra es reconocida tanto en Punta del Este como en Buenos Aires.

El Cantegrill de la familia Litman, donde se realizaban los festivales de cine en los años 50. Ell joven Libedinsky fue uno de los arquitectos.

Modestos artesanos

Después de su relación con Cantegrill, tuvo algunos encargos cuyos proyectos desarrollaron ciertas características. «Creo, como señaló una revista inglesa, que impuse algunas tipologías. La primera, fueron las terrazas. Construí algunos edificios y casas con terrazas e ingresos directos desde el exterior: El Vigía, Terrazas del Este, Las Terrazas.

El edificio Terrazas,una de las primeras edificaciones construida por Libedinsky en la península.

Otra de las tipologías, tal vez la más difundida, fue la de los troncos tratados dispuestos en forma de cercos. Debo admitir que esta idea no es mía sino que la copié de las casas de Indonesia, donde estas tapias son muy comunes. Pero acá, en Punta del Este, fui tal vez el primero que impulsó esa idea. Tan fue así que, cuando fui a comprar troncos para otra casa, no me los quisieron cobrar porque me dijeron que, hasta ese entonces, los troncos tratados eran sólo para uso rural o postes telefónicos. Y que, a partir de mis obras, su uso principal había pasado a ser los cercos de las casas», cuenta.

Su residencia de José Ignacio es un ícono. Fue la tapa de uno de los libros fundamentales sobre la ciudad, editado en la década del 90 por la editorial Manrique Zago: «Punta del Este. Arquitectura y paisaje», co-escrito por Marisol Nicoletti y Alejandrina Morelli, es hoy considerado uno de los primeros libros en abordar en detalle -tanto escrito como visual- la historia de la arquitectura de Punta del Este hasta esa época. Las fotos del libro fueron hechas por Roberto Rivertti. La importancia de la foto de tapa tuvo que ver con un altercado entre la editorial y Nicoletti, quien insistió -al punto de poner en juego la edición del libro- por colocar la foto de la casa de Libedinsky en la portada «por el fuerte respeto por la naturaleza que muestra la construcción». Sobre esta foto, Libedinsky, dijo que ninguna de las innumerables tomas que se hicieron de la fachada de su casa refleja la belleza del concepto de la construcción «como la tapa del libro.

La tapa del libro «Punta del Este. Arquitectura y Paisaje», donde se observa la foto de su casa de José Ignacio.

Para Libedinsky, creador de numerosas obras tanto en Buenos Aires como en Uruguay y República Dominicana, es fundamental trabajar desde el inicio de una obra teniendo en cuenta la simpatía con el lugar. Al arquitecto le gusta señalar que, al hablar de simpatía urbana, no se debe confundir con mímesis. Sino que se debe trabajar en consonancia tanto con la naturaleza como con el resultado cultural en donde se insertará la obra, esto es, la ciudad.
El concepto de simpatía propuesto por Libedinsky está basado en una consideración intrínseca del impacto ambiental total de una obra arquitectónica donde, además de las consideraciones paisajísticas, se establezcan como cuestiones a tener en cuenta desde el inicio del proyecto el clima, el consumo y tipo de energía a utilizar y la procedencia de los materiales con los que se hará la obra.
«Los arquitectos no somos más que unos modestos artesanos que tratamos de desentrañar el quid del lugar como, por ejemplo, el buen peluquero trata de encontrar con el peinado o el corte de pelo más favorecedor para cada cabeza y cada personalidad. Creo que el arquitecto desentraña todo eso, trata que el edificio tenga empatía no sólo con el entorno natural sino con el entorno cultural, o sea los edificios que los rodean, el medio en el que va a estar inserto», dice. Un concepto que él trabajó de manera constante a lo largo de su vida.

Coleccionista empedernido

Fuera de la arquitectura, Libedinsky es un importante coleccionista. Tiene -tanto en Buenos Aires como en su casa de José Ignacio- una suerte de museo donde conviven fotos y postales antiguas, viejos moldes de cobre, botellas figurativas y sanitarios históricos, poseyendo la colección de estos más grande de, al menos, Sudamérica. Esa colección de sanitarios tuvo una muestra en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, en el World Bank Washington D.C. y en el World Financial Center de New York y, ahora, el arquitecto quiere donar la colección completa a la Intendencia de Maldonado para exhibirla como muestra permanente en la vieja torre de agua abandonada sobre la vereda del mar en Punta del Este. Libedinsky, incluso, elaboró una tesis doctoral sobre sanitarios y su importancia en la historia del hombre.

Un hobby que además desarrolla es el de tener un conjunto de autos ingleses, entre los años 1936 y 1950. En el último encuentro de autos clásicos que hubo en Punta del Este, el arquitecto presentó su deslumbrante Jaguar XK 120.
«Es un coche que sigue estando en uso, manejarlo es muy satisfactorio. Fue un auto muy importante en los años 50. Se llama 120 porque alcanzaba esa velocidad (120 millas) en esos años, siendo para la época probablemente el auto más veloz del mundo». Es increíble que, entre tantas obras construidas, aún tenga tiempo para atender de manera constante sus muchas colecciones.

El arquitecto con su adorado Jaguar 120, de los años 50, en una de las muestras de autos antiguos en Punta del Este.

El arquitecto Carlos Libedinsky habla sobre las cualidades de su Jaguar 120, el auto más veloz del mundo en su época.

Arquitectura esteña

Responsable desde la década del 60 del siglo pasado de una importante cantidad de obras, Libedinsky ha trabajado y defendido con fervor la importancia de proyectar que sus casas acompañen al entorno. «Me da la impresión de que en general, hoy en día, con mayor o menor destreza se reputan ciertos «clisés» como prestigiosos y se repiten hasta el cansancio, hasta que aparecen otros que desplazan a los anteriores. Actualmente, las casas deben ser geométricas aunque sus estereometrías sean aburridísimas, los pisos de alisado de cemento y los interiores blancos, minimalistas y con muebles de cualquier estilo pero pintados de blanco y con tapizados del mismo color», comenta con alguna desilusión sobre este aspecto del panorama actual.

Una vista aérea de Punta del Este en la década del 60 cuando Libedinsky comenzó a construir sus obras en la ciudad.

Dice también que «se encuentran obras con palos tratados como cerco, hormigo visto y revestimientos de piedra gris, una moda que, según me comentan, fue involuntariamente iniciada (probablemente entre otras cosas) por mi casa de José Ignacio pero que no reconozco como herederas ya que en general sus autores sólo recogieron los detalles cosméticos pero no la ideología ambiental que la inspirara. No obstante, el bosque que engama las buenas y las malas arquitecturas, el paisaje maravilloso que disimula los errores de planeamiento y la «buena onda» que emana del lugar logran que la imagen urbana del balneario sea definitiva, extremadamente agradable», afirma sobre Punta del Este. Pero dice también que, en los últimos años, se han reproducido obras de baja calidad de diseño y ningún criterio ecológico que no mejoran todo lo bueno que posee la ciudad.

Respuesta ecológica

Para Libedinsky, la meta debe ser «reproducir la sabiduría de la naturaleza: no trasladar las especies a entornos que no les corresponden y no malgastar recursos difícilmente renovables como el agua, entre otros. El cuidado del agua es un concepto muy antiguo, no propongo inventar nada nuevo con esto». Para el arquitecto, algunos de los conocidos como edificios inteligentes, están muy lejos de esa calificación. De hecho, él los denomina, «edificios estúpidos». Dice: «No creo que un edificio que consume muchas más energía que la que necesita por la sola meta de la automación, que por sus consumos energéticos contamina el ambiente, que no permite el disfrute de las variaciones del clima, o que genere penumbra permanente pareja durante todo el día sólo para una mejor visión de las computadoras sea un edificio inteligente».

Para Libedinsky, la meta debe ser «reproducir la sabiduría de la naturaleza: no trasladar las especies a entornos que no les corresponden y no malgastar recursos difícilmente renovables como el agua, entre otros. El cuidado del agua es un concepto muy antiguo, no propongo inventar nada nuevo con esto». Para el arquitecto, algunos de los conocidos como edificios inteligentes, están muy lejos de esa calificación. De hecho, él los denomina, «edificios estúpidos». Dice: «No creo que un edificio que consume muchas más energía que la que necesita por la sola meta de la automación, que por sus consumos energéticos contamina el ambiente, que no permite el disfrute de las variaciones del clima, o que genere penumbra permanente pareja durante todo el día sólo para una mejor visión de las computadoras sea un edificio inteligente».

Libedinsky, quien es Profesor Titular y fundador de la Cátedra Ecología de la Arquitectura, Doctor en Arquitectura y durante veinticuatro años Director Académico de la Maestría de Diseño Avanzado de FADU-UBA, cree que la arquitectura es básicamente una manera de añadir  cobijos donde el hombre pueda desarrollarse, sin perturbar a la naturaleza. Por supuesto, esta propuesta está lejos de ser cumplida. Y por eso, su poca consonancia con muchas de las obras y emprendimientos modernos. Pero así y todo, prefiere creer que, en algún momento, el hombre recapacitará y entenderá que aliarse con la naturaleza es mucho más sabio que ignorarla. Y, a partir de ese momento, se podrá pensar en una arquitectura definitivamente inteligente. 

Dice: «Una gran parte de mi vida transcurrió en Punta del Este. Creo que la gente cuida aunque hay va vandalismos como en todas partes. Creo en el autocontrol de la propia sociedad. Tal vez sea tarde para decirlo pero yo hubiera preservado ciertas zonas y ciertos edificios. Pero así es el progreso: hay quienes queremos preservar y hay quienes sostienen con buenos argumentos que la preservación en algunos casos impide el progreso. Por eso, lo mejor es el equilibrio».