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María Matilde Pérez Bustos Cantarelli: palabra de mujer

Los cuadros de la autora muestran un universo femenino de rostros, posturas, ráfagas de glamour y un profunda modernidad estética. Una obra que interpela a quienes la observan, dejando en la pupila la sensación de que todavía queda mucho por descubrir .

Sus cuadros muestran la versatilidad de las mujeres. De todas las mujeres. En sus telas, está presente el glamour, la modernidad, el estilo desinhibido tanto de las mujeres representadas como de la pintora que plasma esos retratos. María Matilde Pérez Bustos Cantarelli es la autora de estas obras que se complementan entre sí, que dialogan de tela a tela, que producen un mágico intercambio de saberes ocultos en los colores, en las miradas femeninas, en sus ropas. Siempre en tonos brillantes, las mujeres de Pérez Bustos Cantarelli cuentan una historia de amor y de libertad. Obligan a ser miradas, seducidas por quienes las observan. Hay un estallido y una serie de preguntas en cada uno de los cuadros de esta pintora que vive en Bahía Blanca, Argentina, pero que veranea todos los años en el Club de Balleneros de Punta del Este.

Las mujeres de la pintora interrogan, con su mirada plena y limpia. Buscan respuestas en cada uno de esos lienzos. Y también ofrecen palabras, gritos de gracia y susurros. Son interlocutoras de su mundo artístico y también de la realidad cotidiana. Forman parte de la alianza entre lo cotidiano y el arte. Ofrecen y piden al mismo tiempo.

Los cuadros son trabajados con acrílicos, lo que determinan el estallido de colores y la vibración de la obra. También suelen involucrar algunos toques de collage, como los anteojos y los aros que la autora coloca en sus imágenes. De algún modo, estos pequeños roces del collage, las vuelven todavía más parte de esta realidad, las traen desde la pintura a este mundo convulsionado y tumultuoso en el que vivimos.

Pérez Bustos Cantarelli logra de esta manera establecer una lógica de tribu en sus retratos. Todas sus muejres dialogan entre si y también hablan con quienes observan la obra. En cada retrato vive una expresión de la autora, en cada cuadro esta presente lo bello y lo horrible de las formas humanas. Hay un entrecruce lujurioso de vicios y virtudes. Son retratos que, definitivamente, hablan, que tienen algo para decir. Estas mujeres que aparecen en la obra merecen ser escuchadas. Y la pintora logra traerlas a este mundo para que digan sus verdades. Observarlas en su conjunto produce esa sensación de cofradía, de grupo establecido para explicar esa parte de la realidad que suele escaparse en el devenir cotidiano. Allí están ellas para contar su historia, para marcar su huella, para establecerse como parte esencial de la trama. Modernas y glamorosas apuestan a mostrarse tal y como son: independientes de las modas y los tiempos, eternas. Este quizás sea el mayor logro de la autora: volver a sus mujeres dueñas de su espacio, esenciales, parte inequívoca de su lugar en el mundo.