El Palace vuelve a la vida

Historia, arquitectura y futuro en el corazón de la península
El arquitecto Marcelo Daglio encabeza la recuperación del histórico Hotel Palace de Punta del Este. Con una inversión estimada en 25 millones de dólares, el proyecto propone devolverle vida al edificio donde comenzó la hotelería del balneario, preservar su identidad y convertirlo otra vez en un lugar de encuentro. Recuperar el Palace no es solamente rescatar una obra: es recuperar una parte de la memoria de la ciudad y proyectarla hacia el futuro.

La intervención conservará el carácter del conjunto, su patio y sus palmeras, y lo reinterpretará con una mirada contemporánea. El nuevo Palace reunirá 41 habitaciones y suites de superlujo, dos propuestas gastronómicas, un espacio de coctelería y entretenimiento, un salón de eventos y un centro de bienestar de más de mil metros cuadrados, con actividad pensada para los doce meses del año.
Una noticia para toda la península
Durante años, el final de la avenida Gorlero quedó marcado por una imagen difícil de ignorar: el antiguo Palace cerrado, herido por el tiempo y convertido en una gran presencia silenciosa. La fachada seguía allí, al igual que el patio y las palmeras que habían visto pasar buena parte de la vida social de la península. Pero detrás de los muros, el deterioro avanzaba.
Esa imagen está a punto de cambiar. En febrero de 2026, la Intendencia de Maldonado aprobó la viabilidad del proyecto presentado por Marcelo Daglio para reformar y ampliar el conjunto. La obra busca recuperar al Palace como hotel de máxima categoría y devolver movimiento a un sector de la península que perdió parte de su antiguo protagonismo.
La propuesta parte de una convicción: la arquitectura no solo construye espacios, también preserva y transforma la memoria de los lugares. Por eso, el desafío no consiste en congelar el edificio en otra época ni en convertirlo en una escenografía del pasado, sino en reconocer aquello que lo hizo único, conservar su carácter y permitir que vuelva a vivir con las exigencias, la tecnología y el confort de la hotelería contemporánea.
Daglio define la intervención como “un trabajo en silencio”, basado en el equilibrio entre lo existente y la renovación. La idea resume una decisión delicada: modernizar sin borrar, sumar sin imponerse y permitir que el Palace siga siendo reconocible cuando comience una etapa completamente nueva.
Marcelo Daglio y una trayectoria ligada a Punta del Este

Marcelo Daglio lleva más de tres décadas dedicado a la arquitectura y ha desarrollado una trayectoria estrechamente ligada a Punta del Este y su entorno. Entre sus obras se encuentran Estancia Vik y el pabellón de Bahía Vik, en José Ignacio; la Almazara y la Bodega Oceánica O’33; Casa Rovira, en Punta del Este; y el rooftop de The Grand Hotel.


Ese recorrido, especialmente vinculado con la hotelería, la gastronomía y la integración de la arquitectura con el paisaje, le dio un conocimiento profundo de la escala del balneario y de sus transformaciones. En el Palace, esa experiencia resulta esencial para intervenir un edificio cargado de memoria sin perder de vista cómo se vive y se recorre la Punta del Este de hoy.
Cuando Punta todavía no era Punta del Este
Para comprender la dimensión de esta recuperación hay que volver al 14 de noviembre de 1889. Ese día, Pedro Risso publicó un aviso dirigido a los bañistas y ofreció alojamiento en las modestas instalaciones que habían pertenecido a una empresa pesquera. El historiador Fernando Cairo identificó aquel aviso como el antecedente más antiguo del comienzo de la hotelería en Punta del Este.
La ciudad, en realidad, todavía no llevaba oficialmente ese nombre: era la Villa Ituzaingó y la denominación Punta del Este llegaría en 1907. No había ferrocarril hasta la península ni una red de caminos pensada para el turismo. Los primeros visitantes arribaban por mar o completaban el trayecto en carros y a caballo. Risso no abrió simplemente una pensión; imaginó una actividad nueva en un territorio que aún no se reconocía como balneario internacional.
El contraste con el mundo de 1889 hace todavía más elocuente aquella intuición. Uruguay estaba presidido por Máximo Tajes. En París se inauguraba la Torre Eiffel para la Exposición Universal. Y el 15 de noviembre, apenas un día después del aviso de Risso, Brasil proclamaba la República. Mientras el mundo entraba en otra época, en aquella punta ventosa del Río de la Plata empezaba, casi sin saberlo, la historia turística del principal balneario uruguayo.
De los galpones de pesca al Hotel Central

Risso había llegado a la zona ligado a una empresa que explotaba recursos pesqueros. Cuando la firma cesó su actividad, recibió como compensación por salarios impagos parte de su infraestructura: construcciones precarias, depósitos de víveres y sal, muros de piedra y terrón, techos de chapa. Con esos elementos organizó una pensión familiar y combinó el alojamiento con una cocina marinera que pronto ganó fama entre viajeros de Montevideo y Buenos Aires.
El establecimiento fue conocido como Hotel Risso y también como Hotel Central. Tenía comedor, salón de reuniones, billar y piano; organizaba excursiones, asados y paseos a caballo. En 1902 ya resultaba pequeño y debió ampliar su capacidad para recibir entre cuarenta y cincuenta viajeros más. La hotelería de Punta del Este había dejado de ser una rareza.

La familia Risso atendió el lugar hasta 1917. En las primeras décadas del siglo XX lo adquirió Cayetano Zunín, quien emprendió reformas y amplió el gran comedor, escenario de bandas, piano y bandoneón. Las reservas llegaban por carta y, luego, por telegrama: otra velocidad para un balneario que empezaba a crecer.
El nacimiento del Palace
En 1947, Aurelio Cuaya y su socio Martínez Guarda compraron el Hotel Central y lo rebautizaron Palace. El nuevo nombre provenía del café Palace que Cuaya tenía en la pasiva del Palacio Salvo, en Montevideo. Con ellos llegó también una modernización decisiva para la época: el ascensor.
Durante buena parte del siglo XX el Palace fue mucho más que un lugar para dormir. Fue una forma de veranear. Las familias se instalaban durante semanas o por toda la temporada; los chefs cruzaban desde Argentina; las noches tenían piano bar; las habitaciones estaban ambientadas con obras originales de artistas uruguayos, y el patio interior reunía a huéspedes y visitantes bajo las palmeras.

Era la vieja hotelería de estadías largas, nombres conocidos y rituales que se repetían cada verano. La escala humana del edificio, desplegado alrededor del jardín, hacía que el huésped no viviera el Palace como una torre anónima sino como una casa grande, con personalidad propia. Allí se alojaba, se conversaba, se escuchaba música y se formaban vínculos: el hotel era uno de los escenarios de la vida social de la ciudad.
Un hotel atravesado por la cultura
Muchas historias de Punta del Este pasaron por el Palace. Remo Monzeglio, exsubsecretario de Turismo y figura de larga trayectoria en la hotelería, comenzó allí su carrera en Uruguay durante la temporada 1981-1982. En aquellos años todavía había huéspedes que alquilaban suites durante todo el verano y convertían al hotel en su casa de temporada.
En la década de 1980 también funcionó allí Galería Sur, dirigida por el marchand Jorge Castillo, y uno de los espacios estuvo vinculado a Carlos Páez Vilaró. El arte no era un agregado decorativo: formaba parte de la atmósfera del Palace. Esa memoria cultural ayuda a entender por qué la recuperación debe ir más allá de las fachadas y volver a activar el edificio como lugar de encuentro.
Los años de silencio
Los cambios en las costumbres turísticas, las administraciones sucesivas y la dificultad de adaptar un edificio antiguo a nuevas exigencias fueron apagando el Palace. A fines de la década de 1990 pasó a manos de un grupo hispano-uruguayo, entre cuyos integrantes estuvo Héctor “Pichón” Núñez. El hotel cerró alrededor de 2011 y distintos proyectos de reconversión quedaron por el camino.

El edificio siguió, sin embargo, produciendo imágenes. En 2014, el artista español David de la Mano realizó Vórtice sobre su fachada: una multitud negra y ascendente que convirtió la ruina en soporte de arte urbano. El mural terminó por fijar otra etapa de la historia del Palace, la de un ícono cerrado pero todavía presente en la conversación de la ciudad.

En 2022, un grupo inversor extranjero adquirió el inmueble por unos 6,5 millones de dólares. Las identidades individuales de los compradores no fueron difundidas públicamente; en 2026 se informó que se trata de capitales estadounidenses. La nueva inversión abre ahora la posibilidad de revertir años de deterioro y devolverle al edificio su destino original.
Recuperar la identidad y reinterpretar el presente
La intervención propone conservar el carácter arquitectónico del Palace, respetando sus proporciones, su lenguaje y su relación con el entorno. Su arquitectura original, de raíz colonial, será el punto de partida de una reinterpretación contemporánea que incorporará elementos art déco, especialmente en el tratamiento de la esquina. El objetivo es establecer un diálogo equilibrado entre tradición y contemporaneidad.
El proyecto conservará el edificio sobre la calle Juan Díaz de Solís, el volumen de la esquina, el patio central y sus palmeras. El jardín seguirá siendo el corazón del conjunto y las piezas nuevas deberán integrarse sin hacerle perder al Palace aquello que la memoria colectiva reconoce como propio.
Sobre un terreno de 3.303 metros cuadrados, la superficie total proyectada alcanzará unos 10.436 metros cuadrados e incorporará dos niveles de subsuelo, áreas de servicio y estacionamiento. La arquitectura organizará una sucesión de experiencias en las que la luz natural, las visuales, los materiales y la relación entre interior y exterior tendrán un papel central.
Cuarenta y una maneras de habitar el Palace
El nuevo hotel contará con 41 habitaciones y suites de superlujo, con superficies que irán de 40 a 180 metros cuadrados. La variedad permitirá ofrecer desde habitaciones amplias hasta grandes suites, todas concebidas con un mismo criterio de privacidad, amplitud y excelencia arquitectónica.
La propuesta se aleja del modelo hotelero repetitivo. Cada habitación será entendida como una experiencia espacial propia, definida por la luz, las vistas, los materiales y el diseño interior. En este Palace, el lujo no buscará expresarse solo a través de los objetos, sino mediante el confort, la calidad de los espacios y la posibilidad de sentir la historia sin renunciar al presente.
Gastronomía, noche y vida urbana
La gastronomía será uno de los pilares del proyecto y tendrá actividad permanente durante todo el año. El hotel contará con dos propuestas diferentes y complementarias: un restaurante a la carta, de carácter sofisticado y orientado a una experiencia culinaria de alto nivel, y un restaurante más informal en la esquina, pensado como un espacio abierto al movimiento cotidiano del barrio.
Ese restaurante de esquina buscará una relación directa con la calle. Vinculado a él, en el subsuelo funcionará un espacio de coctelería y entretenimiento con bar, música y baile, capaz de extender la actividad del hotel hacia la noche. Cada ámbito tendrá identidad propia, pero todos compartirán un mismo estándar de calidad.
Eventos con otra perspectiva
En el quinto piso se proyecta un salón de eventos con capacidad para aproximadamente 60 personas. Su ubicación en altura permitirá crear un espacio exclusivo y flexible para reuniones privadas, celebraciones, encuentros empresariales y acontecimientos sociales. Será una nueva forma de mirar el Palace y, desde allí, la ciudad.
Un universo dedicado al bienestar
Uno de los componentes más ambiciosos será el centro de bienestar, con una superficie superior a los mil metros cuadrados. El programa incluirá hammam, piscinas de distintas temperaturas, saunas con diferentes características, una piscina cubierta, sectores de pilates y yoga y un gimnasio, además de espacios para prácticas individuales y privadas.
La idea trasciende el concepto tradicional de spa. El bienestar se plantea como un recorrido sensorial ligado al agua, la temperatura, el movimiento, el descanso y el cuidado personal. La luz, las texturas y las distintas atmósferas acompañarán cada actividad. Por su dimensión y diversidad, funcionará como un destino en sí mismo, abierto tanto a huéspedes como a usuarios externos.
El hotel vuelve a encontrarse con la ciudad
El nuevo Palace no quiere vivir de espaldas a Punta del Este. La combinación de alojamiento, gastronomía, entretenimiento, eventos y bienestar permitirá que el edificio vuelva a relacionarse con residentes y visitantes, incluso con quienes no se hospeden allí. El hotel se concibe como un pequeño universo de actividades complementarias: un lugar para habitar, encontrarse y vivir experiencias.
Esa diversidad también busca superar la lógica exclusivamente estacional. El restaurante de la esquina dialogará con la vida diaria del barrio; la coctelería prolongará la actividad nocturna; el restaurante a la carta ofrecerá una experiencia más formal; el centro de bienestar tendrá capacidad de convocatoria propia durante todo el año, y el salón de eventos sumará encuentros privados. El objetivo es que el Palace vuelva a ser una referencia durante los doce meses.
Una inversión que puede transformar su entorno
La inversión estimada en 25 millones de dólares permite dimensionar la escala económica del proyecto, pero no alcanza a explicar todo su valor. La recuperación puede convertirse en un motor de revitalización para el final de Gorlero y para un sector de la península que perdió movimiento. Las nuevas actividades gastronómicas, culturales, sociales y de bienestar pueden atraer público, estimular otros emprendimientos y devolver vitalidad al entorno urbano.
La importancia de esta obra tampoco se mide solo en habitaciones o metros cuadrados. Recuperar el Palace es intervenir sobre el lugar donde Punta del Este empezó a imaginarse como destino turístico. Es demostrar que una inversión contemporánea puede construir futuro sin borrar las huellas que hicieron singular a la ciudad.
Una nueva etapa para el Palace
El verdadero desafío será proyectar el futuro sin perder la memoria. En un edificio como este, el lujo no estará únicamente en el servicio, la gastronomía o el bienestar. Estará también en dormir en un lugar con historia; atravesar un patio que ya existía cuando la ciudad se llamaba Villa Ituzaingó; y reconocer, bajo la arquitectura nueva, las capas del Hotel Risso, del Central y del Palace.
Si el proyecto logra ese equilibrio, el Palace no volverá como una réplica inmóvil de sí mismo. Volverá como un hotel de su tiempo que sabe de dónde viene. La arquitectura será el instrumento capaz de vincular pasado y futuro, memoria y transformación, identidad y nuevas experiencias.
No se busca solamente recuperar un hotel, sino devolverle su significado para la ciudad y, desde esa memoria, comenzar una nueva historia.





