Las Grutas: La memoria de Samuel Flores y la roca que permanece

Hace más de quince años, Punta del Este Internacional entrevistó a Samuel Flores Flores en Punta Ballena. Con una memoria extraordinaria, el arquitecto regresó entonces a los años 60 para reconstruir la aventura de Las Grutas: piscinas abiertas al mar, una boîte dentro de la piedra y un proyecto vinculado al Club Méditerranée que desafió las convenciones de su tiempo. Samuel murió en 2017. Hoy volvemos a aquella conversación y a una historia que adquiere un nuevo significado, cuando Punta Ballena debate cómo preservar un paisaje modelado hace más de 530 millones de años.
Por Marisol Nicoletti
Volver a escuchar a Samuel

Hay entrevistas que permanecen mucho después de que se apaga el grabador. Hace más de quince años tuve la oportunidad de encontrarme con Samuel Flores Flores en Punta Ballena. Había ido a buscar la historia de Las Grutas, un lugar que ya pertenecía a la memoria de Punta del Este, aunque pocos conocían entonces en profundidad la aventura que se escondía detrás de aquellas piedras.
Todavía lo recuerdo sentado frente al paisaje de Punta Ballena, con su camisa roja, sus ojos claros y una manera de contar que hacía desaparecer el tiempo. Habían transcurrido más de cuatro décadas desde aquella experiencia, pero mientras Samuel hablaba regresaba a los años 60. Recordaba la roca, la dinamita, las piscinas, el agua entrando desde el mar, la tormenta que arrasó el camino, la boîte y las noches de una Punta del Este que parecía dispuesta a imaginarlo todo. No hablaba de Las Grutas como quien enumera una obra de su trayectoria: mientras la describía, parecía volver a vivirla.

Samuel murió en Punta del Este el 27 de noviembre de 2017. Ya no podemos volver a preguntarle, pero quedaron aquella conversación, la fotografía que tomé durante nuestro encuentro, sus planos, sus obras y una memoria que hoy cobra un nuevo significado. También quedaron las rocas de Punta Ballena, las mismas que inspiraron una de las aventuras arquitectónicas más singulares de la historia del balneario.
Una historia de 530 millones de años
Para comprender verdaderamente Las Grutas hay que comenzar muchísimo antes de Samuel Flores. Punta Ballena es la expresión costera de una extraordinaria formación geológica vinculada a la Zona de Cizalla de Sierra Ballena, cuya historia se remonta a aproximadamente 530 millones de años.

Enormes movimientos de la corteza terrestre deformaron rocas sometidas a grandes presiones y temperaturas a kilómetros de profundidad, dando origen, entre otras formaciones, a las milonitas que hoy afloran frente al mar.

Durante cientos de millones de años, la erosión fue dejando expuestas aquellas piedras hasta conformar el paisaje que conocemos. Fue frente a esa roca antiquísima donde, en los años 60, Samuel Flores imaginó una intervención radical: en lugar de esconder la piedra detrás de la arquitectura, decidió incorporarla, penetrarla y convertirla en protagonista de su obra.
Cuando Punta del Este se atrevía a todo
Los años 60 fueron tiempos de profundas transformaciones. Cambiaban la música, las costumbres, el arte, la arquitectura y las formas de relacionarse.

Punta del Este atravesaba también su propia efervescencia y por sus playas y sus noches circulaban artistas, empresarios, políticos, intelectuales y figuras internacionales. El balneario comenzaba a construir aquella condición cosmopolita que durante décadas alimentaría su leyenda.
En ese contexto nació Las Grutas. La documentación histórica permite hoy precisar algunos aspectos que durante años circularon en diferentes versiones: el proyecto data de 1967 y estuvo vinculado al Club Méditerranée, que evaluaba desarrollar en Punta Ballena un complejo turístico mucho mayor. La propuesta contemplaba hotel, restaurante, espacios de reunión, áreas recreativas y galerías comerciales. Lo que finalmente llegó a construirse fue apenas una parte de aquella idea, pero alcanzó para dejar una huella imborrable.
1.600 metros cúbicos de roca
Materializar aquella visión implicaba trabajar directamente sobre la roca viva. Samuel lo hizo junto a Alfredo Rivas, un dinamitero de caminos, con quien llevó adelante una de las etapas más extraordinarias de la construcción.

Alrededor de 1.600 metros cúbicos de piedra fueron excavados para abrir espacios dentro de la formación rocosa, utilizando medios que hoy parecen mínimos frente a semejante desafío.

La obra también tuvo que enfrentarse a los infortunios. Samuel recordaba que, poco antes de la inauguración, una tormenta destruyó el camino que habían construido trabajosamente con apenas un camión y un compresor. Sin embargo, siguieron adelante. Las piscinas se incorporaron a la geografía, aparecieron pasarelas y estructuras livianas y una boîte encontró su lugar dentro de la propia piedra.

Flores había observado además el movimiento de las mareas y comprendió que podía utilizarlo a favor de su proyecto. El agua del mar ingresaba y renovaba naturalmente la piscina dos veces al día, sin necesidad de utilizar cloro. Años después recordaría que, en las jornadas de mayor actividad, podían bañarse allí entre 300 y 400 personas. En una época fascinada por la tecnología, Samuel había encontrado una solución simplemente observando la naturaleza.
Las Grutas abre al mundo
La documentación histórica sitúa la inauguración del complejo el 5 de enero de 1968. Durante algunos años, aquel rincón de Punta Ballena se convirtió en una experiencia difícil de comparar con cualquier otro lugar del balneario.

Había piscinas frente al horizonte, espacios de encuentro y una boîte literalmente incrustada entre las piedras. La madera y otros materiales sencillos convivían con la monumentalidad de la formación rocosa, creando una experiencia en la que arquitectura, paisaje y vida nocturna parecían formar una misma cosa.

Las Grutas pasó así a integrar la geografía sentimental de una época. Para quienes conocieron aquel lugar, la memoria conserva la sensación de estar dentro de la piedra y, al mismo tiempo, frente a la inmensidad del mar. Fue una experiencia breve, pero suficiente para instalarse definitivamente en la historia de Punta del Este.
El sueño inconcluso
El proyecto mayor nunca llegó a materializarse y Las Grutas atravesó posteriormente diferentes etapas y usos. Hubo locales nocturnos y otras experiencias que no consiguieron devolverle el esplendor inicial. Con los años llegó el abandono, buena parte de las intervenciones desapareció y la naturaleza comenzó lentamente a recuperar su espacio.

Sin embargo, las marcas permanecieron. Todavía pueden reconocerse sobre la piedra algunos vestigios de aquellas piscinas y cavidades que alguna vez formaron parte del complejo. Allí reside buena parte de la fascinación que Las Grutas continúa provocando: fue una arquitectura esencialmente efímera, construida sobre una geología cuya edad se mide en cientos de millones de años. El proyecto prácticamente desapareció, pero su historia nunca terminó de irse.
El universo curvo de Samuel Flores
Las Grutas fue una de las expresiones más audaces de una manera muy particular de entender la arquitectura. Nacido en Montevideo en 1933, Samuel Flores desarrolló durante más de cinco décadas un lenguaje reconocible por sus curvas, sus volúmenes blancos, el manejo de la luz y una búsqueda permanente de diálogo entre las construcciones y el paisaje.

Antes de llevar sus ideas al plano trabajaba intensamente con maquetas y concebía muchas de sus construcciones casi como esculturas habitables. Dejó decenas de obras entre Uruguay y Argentina, con una presencia particularmente importante en Punta del Este.

El tiempo terminó otorgándole también a Las Grutas una nueva dimensión: décadas después de su desaparición como complejo turístico, la obra fue estudiada académicamente y en 2014 integró la representación uruguaya en la Bienal de Arquitectura de Venecia. Aquella aventura de los años 60 comenzaba a ser reconocida como parte del patrimonio arquitectónico.
Poseidón: Una obra que logró sobrevivir
Otra creación de Flores estuvo a punto de correr una suerte diferente. En 1978 proyectó Casa Poseidón junto a la Laguna del Diario.

Sus curvas blancas y su particular relación con el paisaje terminaron convirtiéndola en una imagen reconocible de ese acceso a Punta del Este. La residencia perteneció al empresario argentino Arnaldo Martinenghi y recibió a numerosas personalidades, entre ellas Carlos Menem.

Décadas después llegó la amenaza de demolición. En 2018, un nuevo desarrollo inmobiliario proyectado para el terreno parecía condenar la casa. La reacción de arquitectos, vecinos, instituciones académicas y de la propia familia Flores consiguió modificar aquel destino.

El proyecto fue reformulado y Poseidón quedó preservada e integrada al nuevo conjunto, demostrando que desarrollo y patrimonio no necesariamente tienen que ser enemigos cuando existe voluntad de encontrar un equilibrio.
La herencia Lussich
Mientras tanto, otra historia llevaba décadas desarrollándose sobre Punta Ballena. Punta del Este Internacional la documentó en “La herencia Lussich saldada”, cuando un acuerdo entre los sucesores de Antonio Lussich y el gobierno departamental buscó terminar con una controversia de larga data sobre los terrenos del extremo sur de Punta Ballena.

El convenio estableció espacios públicos y privados y condiciones de edificabilidad. En aquel momento se contemplaba la posibilidad de levantar más de 35 bloques sobre aproximadamente diez hectáreas, mientras Las Grutas quedaban dentro del área privada. Lo que entonces podía parecer el final de un largo conflicto terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en el comienzo de una discusión mucho mayor sobre el futuro de ese territorio.
29 edificios y una nueva batalla
Décadas después, Punta Ballena volvió a ocupar el centro de la discusión ante un proyecto residencial que planteó la construcción de 29 edificios de cuatro niveles, con 320 unidades y su correspondiente infraestructura, sobre aproximadamente 9,5 hectáreas. La propuesta provocó una fuerte reacción de vecinos, organizaciones ambientales, académicos y personas vinculadas afectivamente a uno de los paisajes más emblemáticos de la costa uruguaya.
En septiembre de 2024, un informe técnico del Ministerio de Ambiente concluyó que el emprendimiento produciría impactos ambientales negativos inadmisibles y recomendó denegar su Autorización Ambiental Previa. La controversia dejó entonces de ser solamente inmobiliaria para convertirse en una discusión mucho más profunda sobre paisaje, patrimonio, ambiente e identidad.
De construir a preservar
El conflicto abrió un proceso que continuó durante los años siguientes. En junio de 2026, la Comisión Asesora Técnica creada para estudiar el futuro del área aprobó por unanimidad una propuesta de protección. Posteriormente, la Intendencia de Maldonado resolvió elevar al Poder Ejecutivo la propuesta de incorporación de Punta Ballena y sectores de Sierra Ballena al Sistema Nacional de Áreas Naturales Protegidas, recomendando para determinados padrones la categoría de Monumento Natural.

El procedimiento institucional todavía debe completar las etapas correspondientes para su incorporación definitiva, pero la discusión ya produjo un cambio significativo. Durante décadas, buena parte del debate había girado alrededor de cuánto podía construirse sobre Punta Ballena; hoy se incorporó con una fuerza inédita otra pregunta: cuánto de ese paisaje excepcional debe permanecer intacto para las generaciones futuras.
La roca sigue allí
Y es inevitable regresar a aquella conversación con Samuel, sentado frente a Punta Ballena, con su camisa roja, sus ojos claros y una memoria capaz de transportarlo nuevamente a los años 60 mientras describía la dinamita, las piscinas, el agua del mar y las noches de aquella aventura que parecía imposible.

Samuel ya no está para volver a contarla y Las Grutas tampoco existen como él las imaginó, pero el paisaje que inspiró su obra continúa interpelándonos.

Durante estas décadas pasaron propietarios, proyectos, arquitectos, fiestas, conflictos, permisos y generaciones enteras. La roca atravesó todo. Quizás allí resida una de las enseñanzas más contemporáneas del legado de Samuel Flores: su arquitectura se atrevió a transformar aquel paisaje, pero comprendió que la piedra no debía desaparecer detrás de la obra, sino continuar siendo protagonista.
Más de quince años después de aquella entrevista, en Punta del Este Internacional seguimos recordando su voz y la intensidad con que revivía aquellos momentos. Hoy, mientras Punta Ballena vuelve a decidir qué quiere preservar para el futuro, aquella conversación adquiere una dimensión que entonces no podíamos imaginar. Samuel se fue, Las Grutas se transformaron y Punta del Este cambió, pero la roca, después de más de 530 millones de años, sigue allí.





