Remo Monzeglio, una vida detrás del nombre

Nunca sabemos del todo a quién tenemos al lado. Una conversación puede revelar, detrás de un rostro conocido, una vida que jamás habríamos imaginado. Con Remo Monzeglio ocurre algo así: su cordialidad se percibe enseguida; las historias aparecen después.
Muchos lo conocen por su actuación como subsecretario de Turismo de Uruguay. Pero basta escucharlo para que, detrás del hombre público, aparezca un joven uruguayo de 23 años que trabajaba para el armador griego Stavros Niarchos y se movía entre una isla privada del Egeo, grandes yates y residencias donde las obras de arte convivían con la vida cotidiana.

Los apellidos que otros leían en las revistas —Niarchos, Onassis, los Grimaldi— formaban parte del entorno en el que transcurrían sus días de trabajo. Casi medio siglo después, sus recuerdos abren una puerta a aquella intimidad, con el asombro todavía vivo de quien había salido de Santa Lucía para aprender un oficio.
La historia comenzó mucho antes del lujo: en un hotel familiar, entre huéspedes y el aprendizaje de recibir a los demás. Siguió en Italia y encontró escenarios que ni él había imaginado. De regreso en Uruguay, aquella experiencia alimentaría una trayectoria dedicada a la hotelería, la formación profesional y el turismo. Hoy, la presentación de su nuevo libro, El arte de la hospitalidad, ofrece la ocasión de descubrir ese recorrido.
El primer universo
Su primer mundo fue el Hotel Biltmore de Santa Lucía, en Canelones. Ocupaba casi una manzana y reunía, para el niño que crecía allí, las dimensiones de una casa y las sorpresas de un lugar de paso. Había huéspedes, personal de servicio, un jardín y una piscina; también una familia cuya vida transcurría entre las obligaciones del establecimiento.
La separación de sus padres cambió aquella infancia. En sus memorias, Una vida que mereció vivirse, Monzeglio evoca tanto la felicidad de los primeros años como las dificultades que vinieron después. La hotelería, sin embargo, permaneció como un vínculo familiar y terminó convirtiéndose en una elección propia.
En 1974, a los 19 años, partió con su padre hacia Italia para estudiar. Viajaron en el Augustus. El padre lo acompañó en el descubrimiento de ciudades, paisajes y obras de arte; el hijo comenzaba a construir una vida lejos de casa.
Dos años después, al terminar sus estudios, comprobó que la formación no garantizaba una puerta abierta. Algunas ofertas de empleo se frustraron por dificultades con los permisos laborales; otras oportunidades se perdieron mientras esperaba una respuesta. Recorrió hoteles de Montecarlo, Cannes y Niza con su currículum. Finalmente consiguió trabajo en un restaurante de la costa italiana.
Antes de las suites presidenciales hubo incertidumbre, búsqueda y la necesidad de demostrar lo que sabía hacer.
La confianza de Niarchos
Hacia 1978, con 23 años, su vida había tomado un rumbo que poco antes habría resultado difícil imaginar: trabajaba para Stavros Niarchos.

Su empleador era uno de los grandes magnates navieros del siglo XX. Menos conocido por el gran público que Aristóteles Onassis, su célebre rival, llegó a superarlo en fortuna y en tamaño de su flota. Su imperio comprendía petroleros y grandes astilleros; su vida privada transcurría entre residencias, una isla propia y una extraordinaria colección de arte.
Remo ingresó como maître d’hôtel y fue ganándose un lugar entre sus hombres de confianza. Según recuerda, era uno de los cuatro colaboradores que lo acompañaban habitualmente en sus viajes. Esa cercanía le trajo nuevas responsabilidades: podía recibir el encargo de trasladarse a otro país, reunir un equipo y poner a punto una residencia para una recepción privada.

Viajaban en un Boeing privado, se trasladaban en helicóptero y se alojaban en hoteles como el Waldorf Astoria de Nueva York o el Hôtel de Paris de Montecarlo. Entre Spetsopoula, el yate Atlantis y las residencias de París y Saint Moritz, Remo aprendió a organizar una hospitalidad en la que cada detalle debía estar resuelto antes de que alguien lo pidiera.

En las recepciones que ayudaba a preparar, recuerda la presencia de Carolina de Mónaco, Rudolf Nureyev, Henry Kissinger, Valentino, Cristina Onassis, Ringo Starr y Gianni Agnelli. Las personalidades que ocupaban las páginas de las revistas estaban allí, a pocos pasos, como invitados de su empleador.

Aquel acceso exigía discreción. La confianza se construía también en la capacidad de desenvolverse con naturalidad y reserva en ese círculo. Y, aunque la experiencia volvió habituales aquellos escenarios, nunca perdió del todo el asombro.
«Yo no podía creerlo», repite al recordarlos.
Los veranos del Egeo
Spetsopoula era uno de los centros de aquella vida. Remo conserva la imagen de sus playas, sus rocas y sus acantilados, junto con una infraestructura preparada para recibir a la familia y a sus invitados: caminos iluminados, puerto, helipuerto y hasta una pista de karting.

La isla se encuentra al sureste de Spetses, frente a la costa oriental del Peloponeso, en aguas del Egeo. Skorpios, la célebre isla de Onassis, está al otro lado de Grecia, en el mar Jónico, junto a Lefkada. Con cerca de dos kilómetros cuadrados, Spetsopoula tiene más del doble de superficie. Remo también la recuerda como la más hermosa.

Según cuenta, más de doscientas personas —entre pilotos, cocineros, secretarias, maîtres y otros empleados— atendían las necesidades privadas del armador en sus distintos destinos.

El Atlantis era otro escenario de grandes encuentros. Remo recuerda que llegaban en helicóptero para organizar las fiestas y, especialmente, una piscina en la popa que podía cubrirse y transformarse en pista de baile.

Entre los episodios de aquellos veranos sitúa la visita de Carolina de Mónaco y Philippe Junot, invitados a pasar parte de su luna de miel en Spetsopoula. Mientras en la isla se preparaba todo para recibirlos, los fotógrafos intentaban conseguir una imagen desde el mar.
El personal tenía también sus propios momentos de felicidad. Remo evoca las salidas a hacer snorkel, los pulpos que pescaban y las noches de música griega. Había amistades, romances y una juventud que encontraba sus espacios de alegría dentro de aquella organización exigente.
Vivir entre obras de arte
Las residencias de Niarchos le ofrecieron una cercanía inesperada con el arte. Remo recuerda pinturas de Renoir, Degas, Toulouse-Lautrec, Picasso y El Greco en los ambientes donde transcurría su trabajo.

Aquellas obras compartían espacio con conversaciones, comidas y preparativos. Para el joven que había recorrido Italia con su padre, descubriendo ciudades y museos, era otra forma de educación.
Los hoteles conservan también una presencia nítida en su memoria. En Nueva York, la suite del Waldorf Astoria tenía trece habitaciones. En Montecarlo, recuerda los desayunos en el Hôtel de Paris, entre la decoración de la Belle Époque y la música de violines.
La familiaridad con esos lugares nunca terminó de borrar la distancia entre lo que había imaginado para su vida y lo que le estaba sucediendo.
Las hermanas Livanos
La historia familiar que Remo fue conociendo tenía episodios tan difíciles de asimilar como aquel despliegue de riqueza. Antes de su llegada, dos hermanas habían unido sus vidas a los grandes rivales de la navegación griega: Eugenia y Athina, conocida como Tina, hijas del poderoso armador Stavros Livanos.
Tina se había casado con Aristóteles Onassis; Eugenia, con Stavros Niarchos. Los magnates fueron así también cuñados. Los vínculos entre ambas familias atravesaron divorcios, nuevos matrimonios y pérdidas que ocuparon las páginas de la prensa internacional.
Eugenia murió en Spetsopoula en mayo de 1970, tras ingerir una dosis excesiva de barbitúricos. Las lesiones encontradas en su cuerpo desencadenaron una investigación. Niarchos sostuvo que se habían producido durante los intentos de reanimarla; la Justicia griega terminó exonerándolo.
Al año siguiente, Niarchos se casó con Tina, hermana de Eugenia y exesposa de Onassis. Entre ambos matrimonios, ella había estado casada con John Spencer-Churchill, quien más tarde sería duque de Marlborough. La rivalidad entre los armadores adquiría una nueva dimensión familiar.

En 1973, Tina perdió a Alexander, el hijo que había tenido con Onassis, tras un accidente aéreo en Atenas. En octubre de 1974, ella también murió, en la residencia parisina que compartía con Niarchos. La prensa de la época informó de un edema pulmonar y recogió versiones sobre una posible ingesta excesiva de somníferos, sin establecer de manera concluyente la relación entre ambas circunstancias.
Remo llegó después. No presenció aquellas muertes: conoció sus ecos en los relatos de quienes habían trabajado allí. Mientras recorría residencias llenas de pinturas y preparaba recepciones para invitados célebres, iba descubriendo la historia dolorosa de la familia a la que servía.
Tenía poco más de veinte años. El entorno que lo deslumbraba empezaba a mostrarle una intimidad más compleja, atravesada por pérdidas que seguían presentes en las conversaciones y en los recuerdos del personal.
Las fotografías de Punta Ballena
Uno de sus recuerdos más singulares lo lleva, inesperadamente, de regreso a Uruguay.
Entre las fotografías que le habían encomendado destruir encontró unas pequeñas imágenes de Aristóteles Onassis y Tina Livanos. Al dorso, recuerda, una inscripción decía: «Ari y Tina en Punta Ballena».
Comprendió el valor de lo que tenía entre las manos. Eran escenas privadas, tomadas en un lugar que para él poseía una cercanía especial. Habría podido deslizar aquellas fotos en un bolsillo y conservarlas. Estaba solo; nadie lo habría advertido.
No lo hizo. Guardárselas le parecía un robo, una falta a la confianza depositada en él. Las destruyó.
Décadas después, todavía recuerda aquellas imágenes y su valor como documento. La decisión del joven empleado permite entender la responsabilidad con la que asumía su oficio, incluso cuando nadie miraba.
Una misión en las Bahamas
Otro encargo lo llevó desde Nueva York hasta Nassau. Debía poner a punto una residencia de Niarchos en Paradise Island para una cena con el sha de Irán. La instrucción era no reparar en gastos.
Pidió que viajaran Anita, una compañera en cuyo gusto confiaba, y un chef griego. Contrató las reparaciones necesarias: el tiempo y el mar habían deteriorado las instalaciones de la vivienda.

Su relato conserva una imagen precisa de la llegada: una limusina blanca, un chofer que lo esperaba y unas aguas cuyo color nunca olvidaría. La casa estaba cerca de la playa y, según recuerda, junto a una propiedad de Sean Connery, a quien nunca llegó a conocer personalmente.

Mientras avanzaban los trabajos, descubrió los paisajes submarinos, salió a pescar langostas e intentó aprender esquí acuático. En medio de aquella responsabilidad, seguía siendo un muchacho que se sorprendía ante cada experiencia.
La cena finalmente no se realizó. El sha no asistió y Remo nunca llegó a conocerlo. Le quedaron el trabajo cumplido y el recuerdo de una isla a la que regresaría muchos años después, buscando algo de aquel paisaje de juventud.
El oficio de volver
Su trayectoria continuó a este lado del Atlántico. A los 26 años asumió la gerencia general del Hotel San Martín de Viña del Mar. Más adelante desarrolló su actividad en establecimientos de Uruguay, entre ellos el Victoria Plaza, Solanas y Mantra.
La enseñanza ocupó también un lugar central. Junto con otros tres socios fundó la Escuela Superior de Hotelería, un proyecto al que sus hijos darían continuidad. El oficio aprendido en el hotel familiar, perfeccionado en Italia y ejercido en escenarios tan distintos encontraba otra manera de transmitirse.
Su recorrido incluyó la actividad parlamentaria como diputado suplente y, entre 2020 y 2025, el cargo de subsecretario de Turismo de Uruguay. Detrás de la función pública había décadas de trabajo en una actividad que conocía desde sus tareas cotidianas: recibir, organizar, resolver y cuidar la experiencia de quien llega.

Una historia recogida en sus memorias une especialmente esos mundos. En 1979, mientras estaba en Saint Moritz, escuchó por radio la descripción de un pueblo de pescadores. El relato hablaba del mar, de las barcas y de una playa que despertó en él unas ganas inmensas de conocerla. Al final, el locutor reveló el destino: Punta del Diablo, Uruguay.
Remo se emocionó hasta las lágrimas. Décadas después, ya como ministro interino de Turismo, volvió a aquel lugar para participar en la presentación de unas sillas anfibias. Acompañó a un hombre que llevaba veinte años sin poder bañarse en el mar. Volvió a llorar.
Entre los recuerdos de aquellos años, algunas escenas conservan una emoción que el tiempo no ha reducido. Una ocurrió durante un viaje familiar a Italia, cuando su hijo Martín cumplió quince años. Décadas antes, su padre lo había acompañado a descubrir aquel país; ahora le tocaba a él compartir con sus hijos los lugares que habían marcado su juventud.

El recorrido los llevó también a Montecarlo. Allí quiso mostrarles el Atlantis, aquel yate del que tantas veces les había hablado. Lo señaló desde lo alto y les dijo: «Ahí trabajó papá». Después se acercaron al muelle. Remo buscaba a alguien a quien preguntar si podían verlo más de cerca, cuando apareció una mujer con bolsas de supermercado y comenzó a subir por la escalerilla. La llamó. Ella se volvió y lo reconoció.
«Yo te conozco, Remo».
Habían pasado más de veinte años. Él se echó a llorar y uno de sus hijos registró el momento en video. Después de tantos viajes, nombres y escenarios extraordinarios, aquel reconocimiento sencillo le devolvía algo propio: también había dejado un recuerdo en la vida de los demás.
El arte de compartir lo aprendido
Este año, esa experiencia encuentra una nueva forma de transmisión en El arte de la hospitalidad, el libro que Monzeglio presenta después de medio siglo de trayectoria profesional en Italia, Francia, Suiza, Inglaterra, Grecia, México, Chile y Uruguay.

La obra nace de una preocupación que, según explica, ganó espacio en el sector durante la última temporada de verano: la falta de profesionales preparados para asumir responsabilidades intermedias y gerenciales en la actividad turística y hotelera.
Para contribuir a esa formación, reunió experiencias de gerentes italianos, argentinos, brasileños, cubanos y uruguayos. Sus testimonios recorren decisiones, logros y fracasos: qué aprendieron al conducir equipos, cómo enfrentaron las dificultades y cuáles fueron los pasos que les permitieron crecer. Son trayectorias que pueden orientar tanto a quienes aspiran a dirigir como a quienes ya tienen personas y servicios a su cargo.
Monzeglio conoce el valor de ese aprendizaje. Lo inició entre los huéspedes del hotel familiar, lo amplió en Europa y lo puso a prueba en la gestión, la enseñanza y la función pública. Ahora busca acercarlo a nuevas generaciones de profesionales, junto con las lecciones de otros colegas.
Su padre lo llevó a Italia para abrirle una puerta al mundo. Años después, él regresó con sus hijos para mostrarles los lugares donde había construido su camino. Con este libro, aquel gesto de compartir lo aprendido se extiende a otros: la experiencia de una vida puesta al servicio de quienes todavía tienen mucho por recorrer.





