Salir a flote: la memoria sumergida de la bahía de Maldonado

A 214 años del naufragio de El Salvador, la bahía de Maldonado vuelve a revelar el extraordinario patrimonio que conserva bajo sus aguas. Embarcaciones hundidas, investigaciones científicas y la perseverancia de quienes dedicaron su vida a buscar esas historias componen un mapa en el que el pasado todavía permanece intacto.
Por Marisol Nicoletti
Bajo las aguas que rodean Punta del Este existe otro paisaje. No aparece en las postales ni puede verse desde la costa, pero conserva barcos, objetos y huellas humanas capaces de reconstruir más de tres siglos de historia. La bahía de Maldonado es uno de los principales reservorios de patrimonio cultural subacuático de Uruguay: las investigaciones han documentado cerca de noventa siniestros marítimos en su entorno.

La arqueología subacuática estudia esos vestigios mediante técnicas científicas de localización, registro, excavación y conservación.

Su propósito no es solamente recuperar objetos, sino comprenderlos dentro del lugar en el que fueron encontrados. Porque cada pecio —los restos de una embarcación naufragada— es también una cápsula del tiempo.
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El Salvador, la mayor tragedia del Río de la Plata
Uno de los sitios más conmovedores es el de la fragata española El Salvador, mencionada en algunas fuentes como San Salvador e identificada también como El Nuevo Triunfo.
La embarcación partió de Cádiz en mayo de 1812 con destino a Montevideo. Transportaba soldados españoles que debían reforzar la plaza sitiada por las fuerzas revolucionarias, además de tripulantes y pasajeros civiles.

Durante el 30 y el 31 de agosto, la fragata tuvo enormes dificultades para maniobrar debido a la niebla, el viento, la sobrecarga y la escasez de marineros experimentados. Cuando intentó ingresar en la bahía, el tiempo había empeorado. El barco tocó fondo y, azotado por un pampero, terminó escorando violentamente sobre su banda de estribor.

Las fuentes históricas difieren en las cifras exactas, pero coinciden en la magnitud de la tragedia: viajaban más de seiscientas personas y apenas entre 116 y 130 habrían sobrevivido. Centenares de hombres murieron a unos trescientos metros de la actual Playa Mansa, en el mayor naufragio con pérdida de vidas humanas registrado en el Río de la Plata.
Los que volvieron a la vida
El naufragio no terminó aquella madrugada. Poco más de un centenar de personas logró alcanzar la costa por distintos medios. En los días siguientes, desde el Apostadero Naval de Montevideo se enviaron dos lanchas para trasladar a los sobrevivientes y recuperar cuanto fuera posible del barco.
Entre quienes se salvaron estaba el coronel Jerónimo Gallano, quien regresó con los restos del diezmado Batallón de Albuera a la defensa de Montevideo. También sobrevivió el piloto Antonio Acosta y Lara, autor del principal testimonio conocido sobre el desastre, quien años después llegaría a ser capitán del puerto de Montevideo.
De muchos otros se perdió el rastro. No existe hasta ahora una investigación genealógica completa que permita saber cuántos se quedaron en estas tierras o formaron aquí sus familias. ¿Habrá descendientes que caminan hoy por Maldonado o Montevideo sin saber que su historia familiar comenzó, de algún modo, en aquella tormenta? Los documentos todavía no permiten responderlo, pero la pregunta convierte a los sobrevivientes en algo más que una cifra: fueron vidas que continuaron después del mar.

Los restos de la fragata fueron localizados en marzo de 1993 por los buzos Héctor Bado y Sergio Pronczuk, mientras buscaban otro barco hundido en la bahía. Bajo los maderos encontraron restos humanos, fragmentos de uniformes militares, armas, monedas, insignias, instrumentos y objetos personales que permitieron relacionar el sitio con la embarcación española.
El antropólogo y arqueólogo subacuático Eduardo Keldjian dedicó una investigación específica a El Salvador. Su trabajo amplió los antecedentes históricos del barco y estudió sus características constructivas, vinculadas con la tradición naval de Guayaquil. En diciembre de 2023, el sitio volvió a ser objeto de una campaña de investigación del Centro de Investigaciones del Patrimonio Costero (CIPAC).
Un museo invisible
El Salvador no está solo. En 1728, el navío inglés Sea Horse, vinculado con el asiento británico dedicado a la trata de personas esclavizadas, chocó contra la restinga sur de la isla Gorriti. Había partido de Buenos Aires bajo el mando del capitán Moore White. Su hundimiento originó uno de los primeros rescates subacuáticos documentados en la región.

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Décadas después, en 1809, naufragó el HMS Agamemnon. Las letras HMS corresponden a His Majesty’s Ship, que significa “Buque de Su Majestad”. Armado con 64 cañones, fue uno de los navíos más asociados con la carrera del almirante británico Horatio Nelson y participó en algunos de los grandes enfrentamientos navales de su tiempo.

El Agamemnon terminó sus días en la bahía de Maldonado después de encallar cerca de la isla Gorriti. Entre marzo y abril de 2024, el sitio fue nuevamente investigado mediante un proyecto conjunto de la Universidad de la República, la Universidad de Southampton, la Universidad de Bournemouth y otras instituciones británicas especializadas en arqueología marítima.
El Sea Horse, el Agamemnon y El Salvador son tres de los grandes protagonistas de este museo invisible. Sus historias hablan de comercio, esclavitud, guerras, viajes transatlánticos y tragedias humanas ocurridas mucho antes de que Punta del Este se convirtiera en el destino que conocemos.
Ciencia bajo el agua
En Uruguay, el desarrollo institucional de la arqueología subacuática comenzó en 2000 con la creación de un programa específico en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
En 2009 surgió el CIPAC como uno de los polos de desarrollo universitario incorporados al Centro Universitario Regional del Este (CURE), perteneciente a la Universidad de la República (Udelar).

El centro investiga el patrimonio marítimo, costero y subacuático; estudia las relaciones de las comunidades con el mar; desarrolla programas de buceo científico y trabaja en la conservación de los materiales recuperados. Extraer una pieza es apenas el comienzo: después de décadas o siglos bajo el agua, el contacto con el aire puede destruirla si no recibe un tratamiento adecuado.
El CIPAC está dirigido actualmente por la doctora en Antropología Social Leticia D’Ambrosio Camarero. Su equipo oficial está integrado por Rodrigo Torres, especializado en arqueología marítima y reconstrucción de embarcaciones; Eduardo Keldjian, dedicado a la documentación histórica y la arqueología subacuática; Samila Ferreira, especializada en conservación y tecnologías digitales aplicadas al patrimonio; y Matías Dourteau, investigador en conservación, arqueología subacuática y buceo científico.
Desde 2018, el centro es miembro asociado de la Red de Arqueología Subacuática de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). La red forma parte del programa conocido como UNITWIN, abreviatura inglesa de University Twinning and Networking, que significa “hermanamiento y redes universitarias”. Su objetivo es promover el intercambio de conocimientos, la formación de investigadores y la cooperación entre instituciones dedicadas a proteger el patrimonio sumergido.
Alfredo Etchegaray y el mapa oculto del mar
Fuera del ámbito universitario, la búsqueda de naufragios también fue impulsada por buzos, investigadores independientes y aventureros que rastrearon archivos y dedicaron años a seguir las señales del mar.

Entre ellos se encuentra Alfredo Etchegaray, relacionista público, comunicador, investigador de naufragios y buscador de tesoros, quien lleva más de cuarenta años vinculado con el patrimonio sumergido uruguayo.
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Etchegaray sostiene que entre Montevideo y Punta del Este existen referencias de más de 1.200 naufragios, de los cuales alrededor de 150 habrían sido localizados. Su trayectoria está especialmente relacionada con el buque de guerra alemán Admiral Graf Spee, hundido frente a Montevideo en 1939.

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Alfredo y Felipe Etchegaray impulsaron y financiaron el proyecto de rescate cuyas operaciones estuvieron a cargo del equipo encabezado por Héctor Bado. La pieza más célebre fue la enorme águila de bronce que adornaba la popa del barco, extraída en 2006 después de permanecer casi siete décadas bajo las aguas del Río de la Plata.
Su destino final todavía no ha sido dirimido y continúa en el centro de una larga disputa jurídica y patrimonial entre sus rescatistas y el Estado uruguayo.
La experiencia de Etchegaray pertenece al mundo de la investigación independiente y la búsqueda de tesoros, una actividad diferente de la arqueología académica, aunque ambas comparten la fascinación por los barcos hundidos y por las historias que todavía esperan ser contadas.
Proteger la memoria
La defensa del patrimonio sumergido también necesita del compromiso de la sociedad. Desde 2015, el Grupo en Defensa del Patrimonio de Maldonado ha contribuido a acercar estas investigaciones a la comunidad mediante charlas, actividades educativas y muestras dedicadas a El Salvador y al HMS Agamemnon.

El desafío no consiste únicamente en encontrar lo que permanece bajo el agua, sino en estudiarlo, conservarlo y evitar que pierda su contexto. Una moneda, un arma o una insignia pueden llamar la atención por separado, pero su verdadero valor aparece cuando ayudan a reconstruir la vida de quienes viajaron a bordo.
El mar de Maldonado conserva episodios de heroísmo, ambición, sufrimiento y esperanza. La ciencia permite interpretarlos, la perseverancia vuelve a encontrarlos y la memoria colectiva les devuelve su sentido. Sin embargo, algunas veces la historia no solo vuelve a la superficie: llega directamente a las manos de quien intenta contarla.
La historia entre las manos
Esta nota tiene, para quien la escribe, un origen personal. El tesoro que se hizo conocido como El Preciado, y que las investigaciones históricas relacionan con el naufragio de Nuestra Señora de la Luz, pertenece a otra geografía. Fue encontrado en 1992 por Rubén Collado y su equipo frente a las costas de Carrasco y Punta Gorda, en Montevideo, no en Maldonado.

Algunas de las piezas recuperadas llegaron también a Punta del Este y fueron exhibidas en Galería Sur. Parte del tesoro fue subastada el 24 y 25 de marzo de 1993 por Sotheby’s en Nueva York.
Por entonces yo trabajaba como cronista para Editorial Perfil y tuve la oportunidad de entrevistar a Jorge Castillo, fundador y director histórico de Galería Sur. Durante aquel encuentro puso en mis manos algunas de las piezas recuperadas: una pequeña pieza de plata, semejante a una petaca, y un lingote de oro.
Todavía recuerdo su peso. No sentí solamente el frío del metal, sino algo mucho más difícil de explicar: como si la energía acumulada durante siglos transmutara al contacto con el presente y aquello que había permanecido en la oscuridad del río volviera a circular a través de mis manos. Por un instante, el pasado dejó de ser algo que se estudia, se escribe o se imagina. Pude tocarlo.
Aquel momento me marcó y despertó en mí una curiosidad que nunca desapareció: querer saber qué relatos duermen bajo el agua, quiénes viajaron en esos barcos y qué fue de sus vidas después de cada naufragio. Tal vez esta nota comenzó allí, en el peso de aquel lingote y en la certeza de que, bajo el mar, no permanecen solamente objetos, sino historias humanas que esperan volver a salir a flote para ser compartidas.
Algunas imágenes son generadas y editadas con IA.





