Cuando el mar vuelve a respirar

Cuando el mar vuelve a respirar

BALLENA FRANCA AUSTRAL | Historia, ciencia y naturaleza

Copete

Cada invierno, la ballena franca austral regresa a las costas de Punta del Este después de recorrer miles de kilómetros por el Atlántico Sur. Su presencia revive una historia que une ciencia, memoria, conservación y emoción. Desde la antigua actividad ballenera que dio identidad a Maldonado hasta las investigaciones que hoy permiten reconocer a cada ejemplar, este informe recorre el extraordinario viaje de una de las especies más emblemáticas del océano y el profundo vínculo que, desde hace siglos, une a la naturaleza con el ser humano.

1. El día en que el mar respira

Durante buena parte del invierno, el mar parece guardar sus secretos bajo una superficie de acero azul. Desde la costa se lo observa avanzar y retirarse con la paciencia de siempre, como si nada extraordinario pudiera suceder en esa inmensidad. Hasta que una mañana, de pronto, el horizonte respira.

IMG: Ballena saliendo del agua tirando aire hacia afuera. 

Primero se eleva una columna de vapor. Es un único soplido blanco que el viento desarma casi de inmediato. Después aparece el lomo oscuro, inmenso y sereno, que rompe la superficie sin violencia. No hay estruendos ni anuncios. La ballena simplemente emerge, como si hubiera estado allí desde el principio y hubiera decidido, por unos segundos, dejarse ver.

IMG ballena en agua – casa san giovanni

Ese instante quedó registrado en una imagen excepcional. Desde San Giovanni, la casa de Punta del Este Internacional, Nicolás Tarallo documentaba con un dron el paisaje de la Playa Mansa cuando, como cada temporada nos viene a visitar la ballena franca austral emergió frente a la costa. La cámara alcanzó a capturar uno de esos momentos irrepetibles en los que la naturaleza parece detener el tiempo y regalar una escena imposible de planificar.

Detrás, la silueta de San Giovanni entre los árboles. Delante, la inmensidad del océano y el cuerpo majestuoso de una ballena que, después de recorrer miles de kilómetros, pasaba frente a nuestra casa editorial.

La escena parecía reunir dos tiempos diferentes: el de una región construida por generaciones de hombres y mujeres frente al mar, y el de un animal cuya historia comenzó mucho antes de que existieran ciudades, caminos o mapas.

En la costa, alguien señaló el horizonte. —Ahí está. Y esa frase bastó.

Las conversaciones se interrumpieron. Los caminantes se detuvieron. Algunos buscaron sus cámaras; otros simplemente contemplaron la escena en silencio. Porque una ballena cerca de la orilla no se observa como cualquier otro paisaje. Su presencia cambia la escala de todo lo que la rodea.

Las casas parecen más pequeñas. El mar adquiere otra profundidad. Y el ser humano recupera, por un instante, la verdadera dimensión de la naturaleza.

Cada invierno ocurre algo semejante a lo largo de las costas de Maldonado. A veces aparece un solo ejemplar; otras, una madre con su cría o varios individuos desplazándose lentamente por la bahía. Pero la emoción siempre es la misma: la certeza de estar frente a uno de los grandes viajeros del planeta.

No conmueve solamente su tamaño. Conmueve pensar que ese animal viene de un océano lejano, que atraviesa mares abiertos guiado por un conocimiento que la ciencia todavía intenta comprender y que, generación tras generación, vuelve a encontrar estas costas siguiendo rutas invisibles aprendidas hace siglos.

Durante mucho tiempo el hombre vio en la ballena una fuente de riqueza. La persiguió, la cazó y estuvo a punto de llevarla al borde de la desaparición. Hoy, en cambio, la observa con admiración y respeto. La fotografía reemplazó al arpón; la investigación científica sustituyó a la explotación; la conservación ocupa el lugar que alguna vez tuvo la caza.

Punta del Este también aprendió a esperarlas.

Su llegada no responde al calendario turístico ni a las necesidades humanas. Llegan cuando el océano y la naturaleza lo disponen. Y quizá allí resida parte de su misterio: nos recuerdan que todavía existen acontecimientos que no dependen de nosotros.

Aquella mañana, la ballena volvió a sumergirse con la misma serenidad con la que había aparecido. Durante unos segundos sólo quedó el movimiento del agua. Pero el dron de Nicolás Tarallo continuó registrando la escena y, poco después, logró captar otro instante inolvidable: el poderoso movimiento de la cola de la ballena franca antes de desaparecer nuevamente en la inmensidad del Atlántico.

El mar volvió a cerrarse sobre ella. El silencio regresó a la costa. Pero quienes presenciaron aquel encuentro comprendieron que ya no estaban mirando el mismo mar. Porque desde ese momento dejó de ser simplemente un paisaje. Se convirtió en un territorio vivo que, cada invierno, vuelve a respirar.

Las viajeras del Atlántico Sur

Cada ballena que aparece frente a Punta del Este trae consigo un mapa invisible del Atlántico Sur.

La ballena franca austral —Eubalaena australis— pertenece al grupo de los cetáceos con barbas. No tiene dientes: de su mandíbula superior cuelgan largas láminas de queratina que funcionan como un enorme filtro. Al avanzar lentamente con la boca abierta, deja escapar el agua y retiene pequeños organismos, principalmente copépodos y krill, que constituyen la base de su alimentación.

Es un animal de cuerpo robusto, oscuro y sin aleta dorsal. Las hembras adultas suelen ser algo mayores que los machos y pueden alcanzar aproximadamente entre 14 y 16 metros de longitud; los ejemplares más grandes se acercan a los 17 metros. Su peso ronda varias decenas de toneladas, mientras que una cría nace con cerca de cinco metros: casi el largo de un automóvil familiar, aunque todavía depende por completo de su madre.  

Su rasgo más inconfundible está en la cabeza. Las callosidades son sectores de piel engrosada que se forman desde el nacimiento y son colonizados por diminutos crustáceos llamados ciámidos, responsables de su aspecto blanquecino. La distribución de esas marcas es diferente en cada animal; por eso los científicos pueden fotografiarlas, comparar imágenes y reconocer a una misma ballena cuando reaparece años después, del mismo modo en que se identifica a una persona por sus huellas digitales.  

También se la distingue por su respiración. Posee dos orificios respiratorios y, vista de frente en condiciones favorables, la nube de vapor puede abrirse en forma de “V”. Sin embargo, desde la costa o de perfil suele percibirse como un solo soplido compacto, especialmente cuando el viento reúne o desarma rápidamente ambas columnas. No es un chorro de agua expulsado desde los pulmones, sino aire caliente y húmedo que se condensa al entrar en contacto con la atmósfera más fría.  

La vida de estas ballenas transcurre entre territorios muy diferentes. Durante los meses cálidos del hemisferio sur se desplazan hacia latitudes altas y aguas oceánicas ricas en alimento. Allí acumulan la reserva de grasa que necesitarán para realizar la migración, reproducirse y amamantar. Al acercarse el invierno emprenden el viaje hacia costas más templadas de Sudamérica, África, Australia y Nueva Zelanda, donde encuentran aguas menos profundas y más protegidas.  

En el Atlántico sudoccidental, su recorrido conecta las áreas de alimentación del océano austral con las costas de Argentina, Uruguay y Brasil. Pero no debe imaginarse como una carretera fija por la que todas viajan de igual manera. El seguimiento satelital ha revelado trayectorias individuales, desvíos, permanencias prolongadas y diferentes zonas de alimentación. Algunas ballenas recorren enormes distancias mar adentro; otras utilizan sectores cercanos al talud continental o regresan a regiones conocidas en temporadas sucesivas.  

Las aguas uruguayas forman parte de ese gran corredor. Entre el invierno y la primavera, numerosos ejemplares se acercan a las costas de Maldonado y Rocha. Allí pueden descansar, socializar, cortejarse y desplazarse acompañados por sus crías. La proximidad de la costa, la amplitud de las bahías y los puntos elevados del paisaje permiten observarlas desde tierra sin necesidad de internarse en el mar.  

No todas las ballenas que pasan frente a Punta del Este vienen del mismo lugar ni cumplen la misma etapa de su ciclo. Una puede ser una hembra que acompaña a su ballenato; otra, un macho joven; otra, una viajera que permanece apenas unas horas antes de continuar hacia el norte o regresar al sur. Esa diversidad es precisamente lo que la ciencia intenta reconstruir mediante fotografías, registros acústicos, muestras biológicas y dispositivos satelitales.

Su travesía no es un simple desplazamiento estacional. Es una estrategia de supervivencia perfeccionada durante miles de generaciones: alimentarse donde el océano es más productivo y buscar aguas costeras más benignas para atravesar los momentos más delicados de la reproducción y la crianza.

IMG: BALLENA EN EL AGUA – DE FONDO PLAYA MANSA

Por eso, cuando una ballena emerge frente a la Playa Mansa, no estamos viendo solamente un animal cerca de la orilla. Estamos contemplando un instante de un viaje que enlaza la Antártida con Sudamérica, las profundidades oceánicas con nuestras playas y el presente con una memoria migratoria mucho más antigua que cualquier ciudad.

Cuando la bahía se convierte en un escenario

Hay días en que la naturaleza parece elegir el escenario perfecto. La gran bahía de Maldonado, abrazada por la Península de Punta del Este al este, Punta Ballena al oeste y la Isla Gorriti como centinela en sus aguas, se transforma en un inmenso anfiteatro natural donde tiene lugar uno de los espectáculos más extraordinarios del Atlántico Sur.

En los últimos inviernos, residentes y visitantes han tenido el privilegio de observar allí grupos de hasta siete ballenas francas australes desplazándose lentamente por la bahía. Pero el espectáculo no se limita a ese espacio protegido. Las ballenas también pueden aparecer frente a la Playa Brava, rodear la Península, acercarse a Punta Ballena, navegar hacia José Ignacio o continuar su recorrido por toda la costa de Rocha. El océano no entiende de límites geográficos; sigue únicamente los ritmos de la naturaleza.

Desde la costa, la escena parece una coreografía perfectamente sincronizada. Los enormes cuerpos emergen casi al mismo tiempo, vuelven a sumergirse, cambian de dirección y reaparecen unos metros más adelante. Para quienes observan desde tierra es un espectáculo inolvidable; para ellas, es simplemente parte de su vida.

Situado en la playa El Cabito de La Paloma, el diseño del Mirador «Cola de Ballena» está inspirado en la cola de la ballena franca austral.

Lo que el público contempla durante unos minutos es el resultado de una compleja organización social que la ciencia todavía continúa descifrando. En muchos casos se trata de los llamados grupos activos de superficie, integrados por una hembra adulta y varios machos que la acompañan durante el cortejo. Los animales se aproximan, se rozan suavemente, giran unos sobre otros, levantan la cabeza fuera del agua o golpean la superficie con sus enormes aletas y colas, formando una escena que parece cuidadosamente ensayada, aunque responde únicamente a un comportamiento natural.

No se trata de una lucha ni de una exhibición. Es parte del proceso reproductivo de la especie. Los machos compiten por acercarse a la hembra mediante resistencia, cercanía y persistencia, mientras ella marca el ritmo de los desplazamientos. Cada movimiento forma parte de un lenguaje silencioso que comenzó a escribirse mucho antes de la aparición del ser humano.

Muy diferente es la conducta de las madres con sus ballenatos. Ellas buscan aguas más tranquilas y permanecen alejadas de estos grupos de intensa actividad. Durante los primeros meses de vida, la prioridad es proteger a la cría, enseñarle a respirar, nadar, sumergirse y reconocer el océano. El vínculo entre madre e hijo es absoluto: el pequeño depende de ella para alimentarse, crecer y prepararse para la primera gran migración de su vida.

No todas las ballenas que vemos frente a Punta del Este están viviendo la misma etapa. Algunas participan del cortejo; otras acompañan a sus crías; también hay ejemplares jóvenes que comienzan a integrarse al ciclo reproductivo. Cada encuentro desde la costa representa apenas un instante de una historia mucho más extensa que continúa mar adentro.

La bahía de Maldonado ofrece condiciones privilegiadas para contemplar estas escenas. Sus aguas relativamente protegidas permiten que, en muchas oportunidades, las ballenas permanezcan cerca de la costa durante largos períodos, brindando imágenes difíciles de olvidar. Sin embargo, el verdadero privilegio no consiste en verlas de cerca, sino en hacerlo sin alterar su comportamiento, respetando el espacio que necesitan para cumplir uno de los ciclos más importantes de su existencia.

Cada invierno, este rincón del Atlántico vuelve a convertirse en un escenario donde la naturaleza representa una obra que lleva millones de años en cartel. Nosotros ocupamos apenas una butaca.

Y quizá esa sea la mayor enseñanza de las ballenas: recordarnos que el océano sigue escribiendo su propia historia, mientras nosotros tenemos el privilegio de ser, por un instante, sus espectadores.

Cada invierno, la bahía de Maldonado se convierte en el escenario donde el océano representa una de las obras más antiguas de la naturaleza.

De la caza al símbolo

Mucho antes de que familias enteras se reunieran frente a la costa para fotografiar una ballena, otras embarcaciones salían al mar con un único objetivo: darle caza.

Durante los siglos XVIII y buena parte del XIX, la ballena franca austral era considerada una de las mayores riquezas naturales del Atlántico. No por su belleza ni por el asombro que despertaba, sino por el extraordinario valor económico de su cuerpo. Su nombre, de hecho, nació de esa mirada utilitaria. Para los balleneros era la “ballena correcta” para capturar: nadaba lentamente, se acercaba a la costa, flotaba después de morir y proporcionaba grandes cantidades de grasa y barbas, dos de las materias primas más codiciadas de la época.

Nada se desperdiciaba.

La gruesa capa de grasa era fundida lentamente en grandes calderas para obtener aceite, utilizado durante décadas para iluminación, lubricantes y distintos procesos industriales. Las largas barbas de queratina, resistentes y flexibles, se convertían en corsés, paraguas, abanicos, muebles y numerosos objetos de uso cotidiano antes de la aparición del plástico. En distintos lugares del mundo también se aprovechaban la carne, los huesos y otros tejidos, que encontraban diferentes destinos comerciales según la época y la región.

Arpones, lanzas balleneras y palas de corte del Siglo XIX

Durante los siglos XVIII y buena parte del XIX, la ballena franca austral era considerada una de las mayores riquezas naturales del Atlántico. No por su belleza ni por el asombro que despertaba, sino por el extraordinario valor económico de su cuerpo. La captura era una tarea tan difícil como despiadada. Desde pequeñas embarcaciones de remo, los balleneros lanzaban arpones de mano sobre animales que podían superar las cincuenta toneladas. Muchas persecuciones se prolongaban durante horas. Heridas, agotadas y perdiendo sangre, las ballenas continuaban nadando mientras arrastraban las embarcaciones sujetas por gruesas sogas. Sólo cuando ya no podían resistir eran remolcadas hasta la costa o hacia los barcos factoría, donde comenzaba el aprovechamiento completo del animal.

Esquelero de la Ballena Franca Austral – Museo del Mar, Punta del Este

Ver también: Museo del Mar, para visitar todo el año


Aquella escena, que hoy resulta difícil de imaginar, fue durante décadas una actividad considerada normal y necesaria. La sensibilidad ambiental simplemente no existía. La naturaleza era vista como una fuente inagotable de recursos y el océano parecía demasiado inmenso para agotarse.

Maldonado no permaneció ajeno a esa historia.

Su ubicación estratégica sobre la entrada del Río de la Plata y las rutas marítimas convirtió a la actividad ballenera en uno de los motores económicos de la región. El aceite producido aquí abastecía distintos mercados y la importancia de esa industria fue tal que terminó quedando inmortalizada en el principal símbolo del departamento.


Ver también: ¿Conocen la historia del Escudo de Maldonado?


En 1803, el Cabildo de San Fernando de Maldonado solicitó al rey Carlos IV incorporar una ballena y un ancla al escudo de la ciudad. La petición fue aprobada mediante Real Cédula y desde entonces la figura del gran cetáceo forma parte del emblema oficial. En aquel momento no representaba la conservación de la naturaleza. Representaba prosperidad, comercio, puerto y desarrollo económico.

Con el paso de los siglos, sin embargo, el significado del escudo cambió por completo.

La explotación intensiva llevó a la ballena franca austral al borde de la desaparición. Lo que parecía un recurso inagotable demostró tener límites. Recién durante el siglo XX comenzaron las medidas internacionales de protección que permitieron iniciar una lenta recuperación de la especie, un proceso que aún continúa y que exige vigilancia permanente.

Hoy, la imagen de la ballena sigue ocupando el mismo lugar en el escudo de Maldonado, pero su mensaje es otro.

Ya no recuerda únicamente una actividad que impulsó el crecimiento de la región. También nos invita a reflexionar sobre la extraordinaria capacidad del ser humano para cambiar su manera de mirar el mundo.

Donde antes hubo arpones, hoy hay binoculares.

Donde antes se calculaban barriles de aceite, hoy se cuentan ejemplares para conocer el estado de la población.

Donde antes una ballena valía por lo que podía extraerse de su cuerpo, hoy comprendemos que su mayor riqueza consiste en verla regresar libre cada invierno a nuestras costas.

Pocas imágenes sintetizan de manera tan profunda la evolución de una sociedad como el escudo de Maldonado. El dibujo nunca cambió.

Los que cambiamos fuimos nosotros.

La ballena permaneció más de dos siglos en el escudo de Maldonado. Antes simbolizaba la riqueza de su explotación; hoy representa el compromiso de proteger uno de los mayores patrimonios naturales del océano.

5.⁠ ⁠El futuro de las gigantes

Durante siglos, el mayor desafío para la ballena franca austral fue sobrevivir al hombre. Hoy, aunque la caza comercial de esta especie quedó atrás, los peligros no han desaparecido.

El océano enfrenta nuevas amenazas. La contaminación por plásticos, los residuos que llegan desde tierra, el aumento del tráfico marítimo, las colisiones con embarcaciones, el ruido submarino que altera la comunicación entre los cetáceos y los efectos del cambio climático sobre las cadenas alimentarias son algunos de los desafíos que preocupan a la comunidad científica.

La ballena franca austral se alimenta de pequeños organismos cuya abundancia depende del delicado equilibrio de los mares australes. Cualquier modificación importante en la temperatura del agua o en las corrientes oceánicas puede repercutir sobre toda la cadena de vida de la que depende esta especie.

El santuario abarca la totalidad de la Zona Económica Exclusiva de Uruguay que esta dentro de la plataforma continental.

Uruguay dio un paso trascendental al declarar sus aguas Santuario de Ballenas y Delfines, reafirmando el compromiso de proteger a estos gigantes del mar. Sin embargo, las leyes por sí solas no alcanzan. La conservación comienza también en cada persona que comprende que el océano no es un recurso infinito, sino un patrimonio común.

Cada botella que no llega al mar, cada playa limpia, cada navegación responsable y cada niño que aprende a respetar la naturaleza son pequeñas acciones que, sumadas, ayudan a que las ballenas sigan encontrando un hogar seguro en estas costas.

Protegerlas es mucho más que cuidar una especie. Es cuidar el océano que nos da vida. Cuando protegemos una ballena, también estamos protegiendo el mar del que todos dependemos.

Cuando el mar vuelve a respirar. El invierno llegará otra vez.

Alguna mañana, cuando el viento apenas rice la superficie del agua, un soplido blanco volverá a romper el horizonte. Después aparecerá un lomo oscuro, inmenso y silencioso. Quizá una madre con su ballenato. Quizá un grupo de ejemplares siguiendo un ritual que comenzó mucho antes de nuestra existencia.

Las ballenas no conocen fronteras, idiomas ni banderas. No saben dónde termina el Río de la Plata ni dónde comienza el océano. Siguen únicamente el llamado de la naturaleza, recorriendo un camino que sus antepasados emprendieron hace millones de años.

Nosotros, en cambio, sí elegimos.

IMG: BALLENAS EN EL AGUA EN EL ATARDECER

Elegimos si el mar será un lugar para explotar o un legado para conservar. Elegimos si veremos en una ballena un recurso o un ser vivo extraordinario. Elegimos qué océano heredarán quienes caminen mañana por estas mismas playas.

Cada invierno, cuando una ballena franca emerge frente a Punta del Este, nos recuerda que todavía existen milagros que no dependen de nosotros, pero cuya continuidad sí depende de nuestras decisiones.

Tal vez ese sea el mayor aprendizaje que nos dejan estos gigantes.

La naturaleza puede perdonar.

Pero nunca es infinita.

Que las futuras generaciones se sigan emocionando al ver una ballena frente a nuestras costas será la mejor prueba de que supimos honrar el privilegio de convivir con uno de los espectáculos más extraordinarios del planeta.

Porque mientras una ballena siga respirando frente a Punta del Este… el mar seguirá contando su historia.