Dos fotógrafos, una ciudad

Sergio Rezzano y el Chango Figueredo: más de treinta años mirando Punta
En Punta del Este el tiempo no pasa: se reemplaza. Una temporada tapa a la otra como la arena tapa las huellas, y sin embargo hay dos hombres que se empeñan en lo contrario: dejar constancia. Sergio Rezzano y Ricardo “Chango” Figueredo reunieron su mirada en una muestra nacida de un gesto de amistad y pensada para seguir viaje como exposición itinerante. No es un álbum de postales: es un archivo vivo donde caben la celebridad y la calle, la navegación y la rambla, la tragedia y la fiesta. Y, sobre todo, una certeza antigua: si nadie lo registra, el recuerdo se vuelve leyenda. 

El gesto: dos buenos tipos y una memoria en movimiento
La muestra empezó como empiezan las cosas importantes en Punta: con una invitación directa, sin ceremonia. Rezzano llamó al Chango para compartir pared y tiempo: fotos que “marcaron una etapa” y que, vistas juntas, forman una especie de mapa sentimental del balneario. La exposición tiene vocación de ruta —seguir en países limítrofes y otras plazas— porque la memoria, cuando vale, no se queda quieta. 

Montevideo y San Carlos: dos nacimientos, la misma obstinación
Rezzano viene de Montevideo, del barrio de La Aguada, donde los circos llegaban como llegan las revelaciones: de golpe, con carpas y música. Ese paisaje le dejó una marca rara: en su infancia aprendió a tocar cucharas —y oyó, en el mismo mundo, el misterio de los “huesos” que solo algunos dominan— como si el ritmo fuese otra forma de mirar.
El Chango viene de San Carlos, con la educación del trabajo largo: quiso ser aviador, probó caminos formales, terminó en un banco, y un día —cuando le negaron una licencia y la vida se le volvió demasiado estrecha— renunció para perseguir una cámara. No lo movió la bohemia: lo movió la intuición de que el mundo venía cambiando y él no iba a quedarse sentado.

Con su bombín negro, su moño impecable y ese saco de colores que parecía encender la tarde, caminaba por el balneario como si llevara consigo una pequeña escena de teatro ambulante. En los veranos del viejo Punta del Este —cuando las historias nacían en las veredas, se mezclaban con la brisa del mar y terminaban en largas sobremesas—, Fosforito era uno de esos personajes que no necesitaban escenario: bastaba su presencia para que la memoria del lugar empezara a contarse sola. Un hombre que, sin saberlo, quedó para siempre en el álbum íntimo del Este.
Fosforito: el padre que caminó Punta antes que la cámara
En el caso de Rezzano, la fotografía también es herencia. Es hijo de Juan Antonio Rezzano Ferrín, “Fosforito”, ese artista callejero que recorrió Montevideo y Punta del Este con su figura inconfundible y su modo único de promocionar productos, convirtiéndose en personaje popular del país. El hijo heredó algo más que un apellido: heredó la idea de que la calle es escenario y que el público no se conquista con ruido sino con presencia.
La primera escuela: arena y timidez, versus agua y horizonte
Rezzano llegó a Punta del Este en 1966 y conoció primero la cara dura del verano: un restaurante frente a la Mano, el trabajo invisible, la paga flaca. Después vino el destino con forma de oficio: un fotógrafo veterano (Moreira) le explicó la cámara como una fórmula y lo largó a trabajar ese mismo día. Rezzano cortó piernas, erró encuadres, aprendió a los golpes, y en una semana ya había recuperado lo que un mes de cocina no le daba. Desde entonces, nunca se separó de una cámara.
En Casapueblo nació una entrañable amistad con el tiempo. Lo que comenzó como un encuentro entre fotógrafo y artista se fue transformando en un vínculo hecho de admiración, delicadeza y memoria.
Sergio Restano llegó con su cámara y encontró a Carlos Páez Vilaró en una de esas escenas que parecen ya compuestas por la pintura antes de ser retratadas: con los pinceles en la mano, rodeado por su propio universo, junto a un gato siamés cuyos ojos celestes dialogaban con la camisa azulada del artista y con la atmósfera cromática de la obra. Todo parecía hablar el mismo idioma: color, creación y belleza.
Sergio le regaló aquella fotografía a Carlos, sin imaginar que ese gesto seguiría vivo mucho después. Un día, con sorpresa, lo fueron a buscar desde Casapueblo. Nunca supo bien cómo Carlos había descubierto dónde vivía, pero le hicieron llegar un libro dedicado de su puño y letra. Ese acto, simple y profundo, quedó grabado para siempre.
Hoy lo recordamos todo. Y aunque él ya no está, perduran su obra, su espíritu y, por supuesto, esta fotografía que lo inmortalizó en un gesto azul.

Al Chango lo formó el agua. Empezó fotografiando barcos desde una lancha, persiguiendo veleros, aprendiendo que el mundo se mueve y que la foto buena a veces se espera. Con el tiempo entendió otra cosa: la tecnología no es un accesorio; es parte del oficio. Por eso su historia tiene un tramo pionero, casi prehistórico: escanear negativos y transmitir imágenes cuando internet era un rumor.

Dos maneras de mirar Punta: glamour y crónica, sin pelea
Rezzano se hizo fuerte en el registro humano y social: la calle, la noche, la conversación breve con gente que no posa. Su vida profesional tuvo, además, un capítulo de alto voltaje: fue fotógrafo de Roberto Giordano durante 25 años, recorriendo desfiles y escenarios por distintos países, aprendiendo ritmo, producción y esa velocidad que exige la fama.

El Chango definió su mirada como periodismo testimonial: registrar el hecho, el antes y el después, guardar evidencia del tiempo. Y desde hace más de 25 años trabaja como reportero gráfico del diario El País, con la ética simple de quien sabe que una imagen no es un adorno: es una prueba. 

Ese contraste —celebridad y testimonio, glamour y crónica— no separa: hace que la exposición respire. Porque Punta del Este, al final, está hecha de ambas cosas.
Los nombres y las noches: un verano que desfiló por el lente


Rezzano, sin embargo, cuenta algo decisivo: nunca fue “codearse”. Era trabajar. Mirar por el objetivo y disparar. El oficio como una forma de modestia.
Hubo un tiempo en que la llegada de Diego Armando Maradona a Punta del Este alteraba el aire. No hacía falta que hablara: alcanzaba con que apareciera. Su presencia encendía la temporada, convocaba cámaras, perseguía rumores y convertía cualquier paseo en escena. Venía una y otra vez, atraído por ese balneario donde convivían el espectáculo, la amistad, la noche y el mar. Le gustaban los desfiles de Roberto Giordano, que durante años funcionaron como uno de los grandes rituales del verano esteño, mezcla de moda, celebridad y multitud. También frecuentó el mundo social y náutico de aquellos veranos, y su figura fue seguida de cerca por la prensa local e internacional, siempre atenta a cada gesto del ídolo. Entre esos fotógrafos estuvo Sergio Rezzano, que supo captarlo en uno de esos instantes tan maradonianos: sentado entre el público, con una réplica de la Copa del Mundo, convertido a la vez en leyenda y en espectáculo de sí mismo. A Maradona le gustaba volver a Punta del Este. Allí encontró amigos, refugios, fiestas, navegación y esa mezcla de exposición y descanso que tan bien definió a la península en los años noventa y comienzos de los dos mil. Pero Punta del Este también quedó unida a uno de los capítulos más dramáticos de su vida: en enero de 2000 fue internado de urgencia en el sanatorio Cantegril, en una crisis que lo tuvo al borde de la muerte. Esa, claro, fue otra historia.

Alain Delon: la foto más difícil
Hay un episodio que resume la tensión entre celebridad y cámara. En una producción con Giordano, Alain Delon no quería ser fotografiado: vio a Rezzano y lo señaló con la palabra más odiosa para un trabajador del lente: “paparazzi”. Después, una negociación permitió hacer las fotos en la casa. Delon bajó por la escalera con bata roja, apurándolo en italiano —Dai, dai…— y cortó la sesión con un “finito” tajante. Rezzano le pidió humanidad: “tengo hijos, dependo de esto”. Lo enterneció. La foto salió. Y el insulto final, en italiano, quedó como un sello de época: “vaffancu…”, el glamour también muerde.

Felipe González: una imagen que cruzó el Atlántico
Cuando repasa su archivo, el Chango Figueredo suele detenerse en una fotografía que jamás imaginó que daría la vuelta al mundo.

El Chango tiene otra clase de historia, casi de novela de aeropuerto. Fotografió a Felipe González abrazado a una nueva pareja cuando llegaban a la terminal en un avión privado. Esa imagen se volvió tapa de la revista ¡Hola! de España y terminó siendo una de sus fotografías más publicadas en Europa. Ahí se ve su método: él no “persigue famosos”; él está donde ocurren las cosas, y el mundo recién después se da cuenta de lo que pasó. La tomó en Punta del Este, casi con la naturalidad con la que se registran las escenas cotidianas de un verano. En el encuadre aparecía Felipe González, figura central de la política española, caminando acompañado por una mujer rubia. El Chango disparó la cámara con la intuición del fotógrafo que sabe reconocer un momento interesante, pero sin sospechar que aquella imagen escondía una noticia. En ese instante nadie sabía quién era la mujer que estaba a su lado. Días después, cuando la fotografía comenzó a circular y fue publicada por la revista Hola de España, el mundo entendió lo que el fotógrafo había capturado sin saberlo: Felipe González aparecía por primera vez en público con su nueva pareja, Mar García Vaquero.La imagen se convirtió en una de las fotografías más reproducidas internacionalmente de su carrera. Y el Chango, que había apretado el obturador casi con la serenidad de quien mira pasar la vida frente al mar, comprendió entonces que a veces la historia se cuela en una fotografía sin avisar.
Y que, por esos misterios del destino, había sucedido en Punta del Este.
Barcos, regatas y el futuro antes del futuro
El Chango mira los barcos como si en cada uno viajara un pequeño país. Un país hecho de veranos, de puertos, de travesías y de memoria. Fotografió la embarcación Uruguay Natural, siguió el ritmo de la costa, cubrió la vida náutica y conoció el mar no solo desde la orilla, sino también desde adentro. Por eso, cuando apunta su cámara hacia una nave, no retrata solo una estructura flotando: retrata una forma de vivir, de desplazarse, de habitar el paisaje. Sus barcos cuentan historias. Y entre todas ellas, también aparecen las más dramáticas: las del temporal, las del viento desatado, las de los veleros arrancados de su sitio y empujados hasta la arena, allí donde la rambla y el mar parecen tocarse. Hay temporales que desordenan el mar y otros que, por unas horas, desacomodan también la ciudad. En 2025, uno de esos golpes de viento y oleaje volvió a recordar que Punta del Este vive en diálogo permanente con la naturaleza, aun cuando el paisaje parezca domesticado por la belleza y la costumbre. Las boyas se desprendieron, varias embarcaciones fueron arrastradas y el puerto perdió por momentos esa calma organizada que suele definirlo. Fue entonces cuando ocurrió la imagen más extraña: dos veleros terminaron encallados sobre la arena, tocando la rambla de la península, como si el mar los hubiera empujado hasta el borde mismo de la ciudad. La escena tenía algo de irreal.
No es frecuente ver embarcaciones de ese porte fuera de su sitio natural, detenidas sobre la playa, tan cerca del asfalto y de la vida cotidiana. Para quienes miraban, era una postal insólita. Para sus propietarios, en cambio, era sobre todo un momento de incertidumbre y angustia: el instante en que el temporal deja de ser noticia general y se vuelve pérdida concreta. El Chango Figueredo logró captar ese cruce improbable entre la furia del agua y la quietud urbana: los veleros sobre la arena, casi rozando la rambla, como una prueba de que en Punta del Este el mar, de vez en cuando, decide recordar su fuerza.

En 1995, frente a las costas del Río de la Plata, el histórico destructor DE1 ROU Uruguay —una de las naves emblemáticas de la Armada Nacional— vivió su último capítulo.
Retirado de servicio y destinado a convertirse en blanco naval, el buque fue llevado mar adentro para una operación controlada. Pero lo que para algunos era un ejercicio técnico, para otros tenía el peso de una despedida: el final de una embarcación que había sido parte de la memoria marítima del país.
Desde el aire, una imagen logró capturar ese instante irrepetible.
El casco, ya inclinado, comenzaba a ceder ante el agua. No había dramatismo en el movimiento, sino una especie de solemnidad. Como si el barco, en lugar de hundirse, se retirara lentamente de la superficie que lo había sostenido durante años.
La fotografía —tomada desde un helicóptero— congeló ese momento exacto en que el acero pierde su batalla contra el tiempo y el mar.
Un segundo después, el ROU Uruguay desaparecía bajo las aguas, cerrando su historia no con estruendo, sino con una elegancia silenciosa.

El Chango Figueroa siguió durante años la vida de los barcos como quien sigue un pulso secreto del verano y del mar. Pero a veces esa belleza serena cambiaba de tono y se volvía tensión, espera, peligro. Así ocurrió en 2016, cuando el Siteam Anja quedó varado en las proximidades de la Isla de Lobos, convirtiéndose en una escena insólita frente a la costa de Punta del Este. A bordo, una tripulación obligada a detener el viaje; alrededor, el océano abierto, la incertidumbre y el despliegue silencioso de quienes intentaban evitar una tragedia mayor. Desde una lancha de servicios, el Chango captó no solo la magnitud del buque encallado, sino también ese instante extraño en que un gigante del mar queda inmóvil, vencido por la roca, el azar y la fuerza de la naturaleza.

Las anécdotas siguen fluyendo entre El Chango y Sergio Rezzano, dos fotógrafos que aprendieron a leer la vida a través del lente. Entre historias de regatas, pasarelas y personajes del Río de la Plata, Rezzano se detiene en un recuerdo de su propio archivo fotográfico, una escena que ocurrió en Las Piedras y que todavía lo conmueve.Todavía lo pienso y me emociona —dice.Allí, en su casa de Las Piedras, Alcides Ghiggia fue retratado por Sergio Rezzano. El legendario futbolista uruguayo atravesaba un momento delicado de salud y estaba en cama, pero aun así recibió la visita con una serenidad y una calidez inolvidables. Cuando el fotógrafo le preguntó si quería posar con alguna camiseta o algún recuerdo de su carrera, respondió con una humildad que parecía venir de otra época: ya no conservaba casi nada, lo había regalado todo.

Y en esa habitación sencilla de Las Piedras, frente a la cámara, no estaba solamente el hombre que silenció al Maracaná: estaba también la calma de quien sabía que algunas hazañas ya no pertenecen a un jugador, sino a la memoria de todos. Del silencio cargado de historia de Maracaná al vértigo puro del ciclismo: el archivo del Chango Figueiredo no se detiene en una época ni en un solo gesto. Su mirada atraviesa generaciones y disciplinas, pero mantiene siempre la misma esencia: capturar ese instante irrepetible donde todo se define.

En el reciente Panamericano de ciclismo, Uruguay volvió a acompañar a sus corredores con una entrega silenciosa y firme. Banderas celestes y blancas se mezclaban con la multitud, siguiendo cada curva, cada sprint, cada intento.
Fue en ese contexto que ocurrió la caída. Dos ciclistas tocaron ruedas en plena velocidad y, en cuestión de segundos, el pelotón se tensó, se abrió, se desarmó. Pero donde el ojo común ve accidente, la cámara del Chango Figueiredo encontró otra cosa: un instante suspendido.
Su fotografía captura ese torbellino humano en el suelo, esa coreografía involuntaria donde cuerpos, bicicletas y colores se entrelazan. No hay exageración: hay precisión. Hay verdad. Y hay, sobre todo, una mirada que transforma el caos en memoria.
Rezzano hoy: una vida entera de imágenes
Rezzano no es solo memoria de playa: su trabajo también circula en publicaciones, y se lo menciona como fotógrafo de revista SK, además de su vínculo colaborativo con Punta del Este Internacional. En su tono hay una frase que funciona como destino: si volviera a nacer, sería fotógrafo otra vez. Porque la cámara —dice— abre puertas, abre amigos, abre mundo.



La vida después de un instante
Hay fotos que no envejecen: se quedan esperando.
Esperan a que la vida avance, a que el tiempo haga su trabajo silencioso y a que las historias encuentren su verdadero sendero, lejos del instante en que fueron capturadas. En estas imágenes, tomadas por Sergio Rezzano hace más de veinte años, cada figura aparece detenida en un momento preciso de su recorrido. No como una pose, sino como un punto de inflexión casi imperceptible, donde todavía todo estaba ocurriendo sin saber en qué se convertiría. Porque el tiempo transforma, pero no borra. Apenas reescribe. Y es ahí donde la fotografía revela su secreto: no fija lo que fue, sino que guarda lo que sigue siendo. Hoy los cruzamos como vecinos. En una esquina, en un restaurante, en una tarde cualquiera. Ya no dentro de un encuadre, sino en la continuidad de la vida. Con los signos inevitables de los años —algunas canas, ciertos pliegues, otros ritmos—, pero con una energía que persiste, como si algo esencial hubiera quedado a resguardo, intacto. Rezzano no los detuvo: los dejó suspendidos. En ese punto exacto donde la vida todavía estaba desplegándose, sin urgencia, sin final. Y tal vez por eso estas imágenes no hablan del pasado. Hablan de continuidad. De permanencia. De esa forma casi secreta en que Punta del Este convierte a sus protagonistas en parte del paisaje…y al paisaje, en memoria viva.





Los dinosaurios que todavía caminan
En algún momento, con esa ironía que tienen los que sobrevivieron a todos los cambios, Sergio y Ricardo se definen así: “somos los dos dinosaurios que quedan de la fotografía”.
Pero la muestra prueba lo contrario: no son dinosaurios. Son testigos. Dos hombres que vieron pasar la tecnología, el negocio, los veranos, los edificios y los nombres; y que, aun así, siguen apostando por lo más difícil: poner el tiempo en papel.
Porque Punta del Este cambia de piel, sí. Pero hay algo que no debería cambiar nunca: la posibilidad de volver atrás, mirar una imagen y decir, con alivio: esto ocurrió. Y alguien estuvo ahí para contarlo.





