El hombre que plantó un bosque contra el viento

El hombre que plantó un bosque contra el viento

Marino, empresario, poeta, naturalista y hombre de una voluntad fuera de lo común, Antonio Lussich llegó a Punta Ballena cuando aquel paisaje era casi piedra, arena y viento. Los expertos le dijeron que allí no crecería un bosque. Él decidió intentarlo de todos modos. Trajo semillas y árboles de distintos continentes, abrió la roca para poder plantarlos, pobló el lugar de aves y dedicó las últimas décadas de su vida a una obra que todavía respira frente al mar. Pero detrás de aquella epopeya hubo también una historia íntima, atravesada por el amor, la familia, la pérdida y una obstinación capaz de desafiar lo imposible.

El remolcador Huracán, integrante de la célebre flota de remolcadores de Don Antonio Lussich, en Punta Ballena hacia 1898. Estas embarcaciones fueron protagonistas de numerosas operaciones de salvamento en la costa de Maldonado, una época en la que la pericia de los navegantes y los servicios de auxilio marítimo resultaban fundamentales para enfrentar los desafíos del Atlántico Sur.

Hay hombres que dejan edificios, libros o empresas. Antonio Lussich dejó un paisaje.

Cuesta imaginarlo hoy, cuando uno entra en el Arboretum y el sendero desaparece bajo los árboles. Cuesta pensar que esa sombra, esos troncos gigantescos, las distintas tonalidades de verde y el canto de los pájaros comenzaron con una idea que muchos consideraron absurda: levantar un bosque sobre las sierras ventosas y pedregosas de Punta Ballena.

A finales del siglo XIX aquel territorio era muy diferente. Había roca, dunas, bañados, vegetación baja y un viento marítimo capaz de castigar cualquier intento de plantación. Cuando Lussich consultó a especialistas, las respuestas fueron poco alentadoras. El botánico José Arechavaleta llegó a considerar una utopía su proyecto y también Carlos Thays, una de las grandes figuras del paisajismo rioplatense, dudó de que aquellos árboles pudieran sobrevivir.

Pero Lussich tenía una característica que terminaría definiendo su vida: era muy difícil convencerlo de que algo no podía hacerse.

 

El sueño de Lussich

Antes del bosque, el mar

Antonio Dionisio Lussich nació en Montevideo en 1848, hijo de Felipe Lussich, marino proveniente de la isla de Brač, en la costa dálmata, y de Carmen Griffo. Estudió en el Colegio Alemán y completó su formación a través de lecturas y viajes; llegó a dominar cinco idiomas. En su juventud combatió junto a las fuerzas de Timoteo Aparicio y esa experiencia lo acercó al mundo del gaucho, que luego llevaría a la literatura.

Tenía apenas 22 años cuando comenzó a gestarse otra dimensión de su vida. En junio de 1872 publicó en Buenos Aires: Los Tres Gauchos Orientales, meses antes de la aparición de Martín Fierro. José Hernández conoció el texto y mantuvo correspondencia con Lussich. Décadas después, Jorge Luis Borges volvería sobre aquella relación y señalaría la importancia de la obra del uruguayo como antecedente dentro de la tradición gauchesca. La influencia exacta entre ambos autores continúa siendo materia de estudio, pero la proximidad literaria y cronológica está documentada.

Salido de las prensas de la Imprenta a vapor de «La Democracia» en 1877, este volumen reúne Los Tres Gauchos Orientales junto a El matrero Luciano Santos, El inválido Oriental y El Presidiario.

Mientras escribía, el mar seguía ocupando buena parte de su vida. Junto con su hermano Manuel desarrolló la empresa familiar de remolque y salvamento marítimo que se convertiría en una institución del Río de la Plata. En tiempos en que navegar aquellas aguas implicaba riesgos enormes y los naufragios eran frecuentes, la llamada Flota Gris de Lussich acudía allí donde otros barcos estaban en peligro.

Las crónicas registran más de doscientos buques asistidos entre 1882 y 1917 y cientos de vidas salvadas. Lussich no era solamente el propietario: participaba personalmente de algunas operaciones. Una de ellas le valió una medalla del gobierno británico por haber dirigido durante tres noches, en medio de fuertes temporales, el rescate de náufragos y haber rechazado una recompensa por hacerlo. Años más tarde reunió muchas de aquellas historias en Naufragios célebres.

Primero intentó salvar hombres del mar. Después intentaría salvar árboles del viento.

El sendero actual sigue las picadas originales que Lussich abrió a fines del siglo XIX. Los expertos aseguraban que la vegetación jamás prendería en este suelo hostil, pero el trabajo constante a pie y a pala terminó por levantar esta catedral verde.

El lugar que dijo no querer

La llegada de Lussich a Punta Ballena tiene algo de escena cinematográfica. En 1896 había prometido a un grupo de periodistas montevideanos llevarlos a recorrer la costa después de un importante salvamento. Cumplió su palabra y embarcaron en uno de sus remolcadores. Entre ellos estaba el periodista Samuel Blixen.

Sobre el lomo de la Ballena los españoles construyeron, durante la colonia, un tipo de cerco de piedra, conocido como pica. Fuente: Cronología de Punta del Este, por Anibal Barrios Pintos

Al llegar a Punta Ballena, sus acompañantes quedaron fascinados por las sierras, las grutas, la arena y el mar. Blixen habría exclamado que aquel paisaje era una revelación. Lussich, en cambio, aparentó indiferencia. Dijo que no le parecía gran cosa e incluso sostuvo que no pagaría por aquellas tierras. Era una actuación.

Poco después inventó un motivo para regresar antes que los demás a Montevideo, averiguó quiénes eran los propietarios y comenzó discretamente las negociaciones. Cuando todo estuvo encaminado llamó a Blixen para comunicarle, exultante, que había comprado Punta Ballena. La documentación dominial registra la adquisición de parte de aquellas tierras el 5 de octubre de 1896.

Había encontrado el lugar donde comenzaría la obra de su vida.

Ángela y los primeros rosales

Pero esta historia no pertenece solamente a Antonio. En 1879 se había casado con Ángela Portillo, una mujer que tendría un papel decisivo en lo que ocurriría después. Tuvieron nueve hijos: ocho mujeres —María Clotilde, Milka, María Carlota, Hilda Clara, Olga Ivanah, Ida Esther, Linska Elena y María Angélica— y un único varón, Milton.

Cuando la familia comenzó a instalarse en Punta Ballena, el viento hacía difícil la vida cotidiana. Ángela llegó a advertirle a su marido que, si no encontraba alguna solución, ni ella ni los niños regresarían. Pero fue ella misma quien empezó a encontrarla.

Alrededor de la casona plantó gramilla, rosales, jazmines y otros arbustos. Contra los pronósticos, prendieron. Al regresar después de una temporada, Antonio encontró verde donde antes había tierra castigada por el viento.

Aquellos rosales fueron mucho más que un jardín. Demostraron que Punta Ballena podía crecer. Y Lussich decidió llevar aquella pequeña victoria a una escala desmesurada.

La vida familiar fue ocupando aquel territorio a medida que lo hacía el bosque. Frente a la casona principal construyó otra vivienda, blanca, que terminó siendo conocida como “la casa de los novios”. Allí alojaba a los pretendientes de sus hijas. Décadas más tarde sería precisamente esa casa la que ocuparía el arquitecto catalán Antonio Bonet cuando llegó a Punta Ballena para intervenir el bosque sin destruirlo.

Donde nada podía crecer

Los especialistas aconsejaban plantar únicamente sobre la ladera oriental, más protegida de los vientos. Pero la experiencia de Ángela había demostrado que también del otro lado era posible.

Comenzó entonces una empresa de una escala difícil de imaginar. Cuadrillas de trabajadores hicieron almácigos, cavaron pozos, atravesaron bañados con el agua hasta la cintura y buscaron pequeños espacios de tierra entre las piedras. Y donde no había tierra suficiente, Lussich decidió crear el lugar para el árbol.

Detalle del corte en la piedra viva, abierto mediante explosivos para crear el hueco donde se introducía la tierra fértil y el primer ejemplar que rompería la esterilidad de la sierra.

Utilizaron incluso dinamita para abrir la roca, rellenar las cavidades y plantar allí. Era 1897, un tiempo de enfrentamientos políticos en Uruguay, y las autoridades llegaron a desconfiar del destino de los explosivos que solicitaba. Pero aquella pólvora no estaba destinada a una guerra. Servía para plantar árboles.

Hay algo profundamente simbólico en esa imagen: en un país acostumbrado entonces a utilizar la pólvora para destruir, un hombre la utilizaba para plantar.

El sistema radicular fue penetrando las fisuras del macizo rocoso, fracturando la piedra a medida que el árbol crecía y consolidando el suelo del bosque.

Más de un siglo después todavía pueden encontrarse en el Arboretum rastros de aquella obstinación. En algunos sectores se reconocen las cavidades abiertas en la piedra y eucaliptos enormes parecen emerger directamente de la roca, como la prueba viva de aquella batalla contra lo imposible.

La encrucijada de las antípodas

Su condición de empresario marítimo y sus contactos internacionales le permitieron conseguir semillas y ejemplares procedentes de numerosos lugares del planeta. Con los años comenzaron a convivir en Punta Ballena cedros del Líbano y del Himalaya, pinos de Japón y México, especies de África, Asia, Europa y América junto con árboles nativos.

Jules Supervielle Munyo (Montevideo, Uruguay, 16 de enero de 1884 – París, Francia, 17 de mayo de 1960) fue un poeta y escritor franco-uruguayo. Foto: Wikipedia.

El poeta franco-uruguayo Jules Supervielle encontró una definición magnífica para aquel encuentro improbable de geografías: llamó al bosque “la encrucijada de las antípodas”. En su momento llegaron a coexistir allí cientos de especies procedentes de diferentes regiones del mundo. La magnitud del trabajo terminó convirtiendo el lugar en una extraordinaria colección botánica. Y hubo una revancha deliciosa.

Manantial y vertiente natural de agua dulce que abasteció a la familia Lussich y a los trabajadores durante las primeras etapas de forestación de la finca.

Cuando el bosque ya empezaba a demostrar que lo imposible podía crecer, Lussich volvió a invitar al botánico Arechavaleta. Frente a los árboles, le recordó irónicamente que había seguido sus consejos. El científico contempló aquello que alguna vez había considerado inviable y reconoció que estaba frente a un extraordinario desmentido de sus pronósticos.

También Carlos Thays cambiaría de opinión y terminaría elogiando públicamente la magnitud del bosque de Punta Ballena. La perseverancia había modificado hasta el juicio de quienes más sabían.

Un bosque que debía tener pájaros

Pero para Lussich plantar árboles no era suficiente. “Un bosque sin pájaros no es un bosque”, sostenía. Por eso hizo traer aves de diferentes lugares del mundo y construyó grandes pajareras para aclimatarlas.

Había un método. Las aves recién llegadas permanecían protegidas mientras se adaptaban; sus crías pasaban a otra pajarera y las siguientes generaciones, ya aclimatadas, eran liberadas. Así, ruiseñores y otras especies comenzaron a poblar aquel paisaje que pocos años antes no tenía siquiera árboles.

Un pabellón circular con columnas de hierro, piso de laja y techo abovedado revestido en mosaico/trencadís claro. Está ubicado en uno de los puntos elevados del parque para brindar un descanso y panorámicas hacia la Laguna del Sauce y la bahía de Portezuelo.

Cerca de las pajareras había también un pequeño espacio donde Lussich acostumbraba descansar y dormir la siesta. Resulta fácil imaginarlo allí, bajo la sombra que él mismo había hecho posible, escuchando los pájaros que había llevado hasta Punta Ballena. No estaba creando solamente una colección botánica. Estaba construyendo un mundo.

La vida cotidiana en el bosque

Todavía quedan rincones que permiten imaginar cómo se vivía en aquella Punta Ballena.

Día Internacional de los Museos: La casona y los jardines se transforman en un escenario vivo donde la indumentaria histórica y las representaciones teatrales transportan a los visitantes a los orígenes de la propiedad de Antonio Lussich.

Algunos de esos espacios no forman parte del recorrido habitual y se abren en ocasiones especiales, como el Día Internacional de los Museos. Allí permanece el antiguo sector donde las mujeres lavaban la ropa mientras sus hijos jugaban cerca, en una pequeña fuente realizada con conchas.

Fuente Ornamental: Antiguo surtidor con mosaico de piedras dentro de un estanque circular, parte del sistema original de riego e hidratación del bosque.

Son detalles aparentemente menores frente a la epopeya de forestar miles de hectáreas, pero quizás sean los que mejor permiten comprenderla. Porque el bosque no fue solamente el proyecto monumental de un hombre. Fue una casa, una familia, trabajadores, mujeres lavando ropa, niños jugando, novios que dormían prudentemente enfrente, pájaros aclimatándose y árboles que crecían mientras transcurría la vida.

Lavadero de Piedra: Pileta histórica con piletas y rampas acanaladas donde lavaban la ropa los trabajadores de la finca a inicios del siglo XX.

El hijo que no llegó a verlo

Entre esos árboles se esconde también la historia más dolorosa de Lussich. Milton era el único varón entre sus nueve hijos. Antonio había comenzado aquella empresa cerca de los cincuenta años y sabía que los árboles tienen otros tiempos. En alguna oportunidad, recorriendo las plantaciones con su hijo, le habló de ese futuro que acaso él no alcanzaría a conocer: algún día aquello sería un gran bosque y Milton podría disfrutarlo. El destino invirtió brutalmente la frase. Milton murió siendo muy joven en un accidente aéreo. Su padre quedó devastado.

La prematura muerte de Milton Lussich, el benjamín y único hijo varón de don Antonio -en un accidente de aviación- fue un golpe muy duro de sobrellevar para un anciano padre. Foto: Archivo PDEI (reconstruida con IA)

Pocos días después escribió un acróstico dedicado a él. No era ya el empresario audaz, el navegante que enfrentaba temporales ni el hombre que desafiaba a los científicos. Era solamente un padre intentando escribir sobre una ausencia que no podía comprender. El bosque siguió creciendo. Y Antonio siguió plantando.

Quizás ahí se encuentre la verdadera dimensión de su perseverancia. Plantar un árbol significa siempre imaginar un mañana. Continuar haciéndolo después de perder al hijo para quien uno imaginaba ese mañana significa algo más.

Hasta el último árbol

En 1917 la empresa familiar de remolques y salvamentos pasó al Estado y Lussich pudo dedicarse enteramente a Punta Ballena. Continuó plantando prácticamente hasta el final de su vida. Aquel hombre que había dominado barcos, atravesado temporales, escrito sobre gauchos y dirigido rescates terminó sus días pendiente de semillas, lluvias, árboles y pájaros. Y antes de morir dejó una última indicación. Pidió a su hombre de confianza que, cuando él ya no estuviera, abriera las pajareras y liberara las aves que permanecían allí.

Las primeras forestaciones marcaron un antes y un después en la historia de la península. La plantación de miles de pinos y otras especies logró fijar los médanos, detener el avance de la arena y hacer posible el desarrollo urbano.

Su voluntad fue cumplida. Antonio Dionisio Lussich murió el 5 de junio de 1928, a los 79 años, pocos días antes de cumplir 80. Las jaulas se abrieron. Los pájaros volaron hacia el bosque.

Donde quiso quedarse

Lussich había elegido también el lugar donde quería descansar. Su tumba se encuentra frente a la casona de Punta Ballena, junto a la de Ángela, en el paisaje al que ambos dedicaron buena parte de sus vidas. En la lápida puede leerse una frase que parece escrita para resumir toda esta historia: allí “labraron su eternidad”. La tumba puede visitarse. No hace falta imaginar un monumento grandioso: el verdadero monumento está alrededor.

Durante sus honras fúnebres, allegados, vecinos y peones de la finca despidieron a Lussich, cuyo legado quedó inmortalizado en las hectáreas de bosque que logró arrebatarle a la piedra viva.

Está en los senderos, en los rosales que recuerdan la intuición de Ángela, en las piedras abiertas para plantar, en los enormes árboles que parecen brotar de la roca y en los pájaros que siguen atravesando sus copas. Vale la pena detenerse allí, frente a la casona, visitar su tumba y honrar su memoria. Porque Antonio Lussich consiguió algo reservado a muy pocos hombres: transformar un paisaje y hacer que su obra continuara creciendo después de su muerte. Hoy, frente a su tumba, basta levantar la mirada. El bosque sigue allí. Y los pájaros siguen volando libres.