El puente de La Barra, la conexión hacia el este

El puente de La Barra, la conexión hacia el este

Símbolo de la ciudad, creció con ella en silencio y se convirtió en una leyenda de hormigón. Pero el principio supo de soledades, pueblos perdidos y balsas lentas. Al puente le cantó el poeta Pablo Neruda y hoy es el paso obligado del progreso que no se detiene hacia el Este.

Esta imagen en formato tiny planet, creada a partir de una fotografía panorámica, transforma las curvas del puente de La Barra y el arroyo Maldonado en una particular mirada sobre uno de los íconos de Punta del Este.

Lleva la ciudad sobre su espalda. Literalmente la lleva. Une los territorios esteños con esa ondulación conocida y, no por eso, menos sorprendente. Con esa grandeza de quienes saben cumplir con su destino. El puente de La Barra de Maldonado no es sólo un puente. Se trata del uno de los símbolos de Punta del Este: su emblema y su lema.

Creció al calor del pujante devenir de la ciudad. Se hizo grande y mundialmente conocido junto con ella, al punto que es imposible hoy pensar al uno sin el otro. Sin embargo, hubo tiempo que no hubo puente. Hubo un tiempo de balsa cruzando las aguas y de pueblito perdido y de silencio.

Año 1880. Llegar a La Barra implicaba cruzar el arroyo en balsa, mucho antes de que un puente uniera sus dos orillas. El cruce dependía del estado del agua y del servicio de los balseros, convirtiendo el acceso a esta zona en toda una travesía.

Hasta poco más de 1929, para llegar a las costas oceánicas ubicadas al este de la desembocadura del arroyo Maldonado se cruzaba su barra por balsa. La falta de un puente sólido se extendió hasta 1930. Fue en ese momento, durante la presidencia de Dr. Baltasar Brum, que se ordenó construir un puente de hormigón por el que llegaron a La Barra los primeros contingentes de turistas argentinos que se enamoraban del lugar.

El primero de los puentes de madera. La llegada de esta estructura comenzó a transformar el cruce del arroyo, aunque La Barra todavía conservaba su carácter de rincón apartado y de difícil acceso.

Recién en 1934 se construyó el primer puente de madera sobre el arroyo Maldonado.
Poco a poco la barra se fue poblando, poco a poco quedó en la memoria las pequeñas edificaciones de la zona, propiedad de algunas familias de San Carlos, que como visionarios pioneros, optaron por tener su casa de verano en “La Barra” a donde accedían por tierra desde el norte.

Por años sólo sobrevivió un angosto puente de madera cuyos tablones crujían al paso de los autos, que se debían cruzar de a uno y simultáneamente no lo podían hacer en ambos sentidos. Una ondulación, si se quiere, en el progreso de la zona. Una ondulación, igual a las de los actuales puentes.

Sin embargo, de un modo casi imperceptible, las grandes extensiones de arena se fueron achicando, los médanos con pereza dieron paso a las nuevas casas. Y en la década del 60, la idea del puente emblemático fue tomando su forma.

A medida que el turismo comenzaba a crecer en la costa este uruguaya, postales como esta se convirtieron en un medio clave para difundir sus paisajes y obras emblemáticas. El Puente de La Barra no solo facilitó la conexión entre destinos, sino que también pasó a ser un ícono visual que viajeros y visitantes elegían compartir, llevando consigo una imagen distintiva del lugar hacia distintos puntos del país y del mundo.
El puente de madera no podían cruzar dos autos al mismo tiempo, por un tiempo acompaño al puente ondulado. La barra ya se poblaba cada vez mas .

Ocurrió luego de una visita que realizó el presidente del Consejo de Gobierno Eduardo Víctor Haedo junto con el poeta chileno Pablo Neruda. Neruda encontró un poema:

“Lo canto,
porque no una pirámide
de obsidiana sangrienta,
ni una vacía cúpula sin dioses,
ni un monumento inútil de guerreros
se cumuló sobre la luz del río
sino este puente que hace honor al agua
ya que la ondulación de su grandeza
une dos soledades separadas
y no pretende ser sino un camino.”

Pablo Neruda.-

El político uruguayo encontró el nombre de un arquitecto que daría vida y sobre todo estilo al nuevo puente, Leonel Viera.

Leonel Viera (1913-1975) fue un ingeniero uruguayo de espíritu innovador, investigador del hormigón y especialista en estructuras. En 1961 ganó el concurso para construir el puente sobre el arroyo Maldonado y proyectó el célebre puente ondulante de La Barra, inaugurado en 1965.
En 1980 el tránsito hacia La Barra crecía año tras año y, con él, surgía la necesidad de una nueva conexión: comenzaba a tomar forma la idea de construir un segundo puente.
Durante la construcción del segundo puente de La Barra, la nueva estructura comenzó a crecer junto al célebre puente de Leonel Viera, inaugurado en 1965. La obra anticipaba una nueva etapa para La Barra y el creciente movimiento hacia el este.

La fuerza en las formas del puente original hicieron que, más allá de los criterios de ingenieros de vialidad, al momento de resolverse la construcción de un segundo puente paralelo, sólo se reprodujera, con otra tecnología, el famoso puente ondulado. Y desde fines de 1999 ambos conviven plenos de curvas.

Al puente ondulado le cantó el poeta chileno Pablo Neruda. Y cuando fue necesario construir un segundo puente, la fuerza de las formas del primero impidió que el diseño fuera otro. Hoy los dos puentes paralelos, son uno de los grandes símbolos de la pujante ciudad de Punta del Este.

La necesidad de este segundo puente no fue casual: el crecimiento de Punta del Este en general y de La Barra en particular fue el motivo que determinó su creación.

Por debajo del puente de La Barra pasa el arroyo Maldonado, entre humedales donde crecen ceibos, sauces criollos, mataojos y sarandíes colorados. Sus marismas y cangrejales ofrecen alimento y refugio a peces y aves acuáticas, en un ecosistema que reúne más de 260 especies de aves registradas y constituye uno de los ambientes de mayor biodiversidad de la costa de Maldonado.

Es que los puentes de La Barra son los centinelas mudos que guardan la historia de la ciudad. Son los testigos privilegiados de esa zona esteña a la que hace menos de un siglo se accedía en balsa y hoy detenta mansiones que acarician el mar y tiene entre sus vecinos a reconocidas personalidades .

Hoy en día, sus onduladas formas continúan siendo protagonistas del paisaje: ya sea en plena temporada de verano o en la calma del invierno, el puente ofrece postales únicas, especialmente al atardecer, cuando la luz resalta su silueta y lo convierte en una experiencia tan visual como memorable.