Carlos Gardel: el amor que dejó su sombra en las costas uruguayas

Mucho antes de que Punta del Este se transformara en el refugio sofisticado que hoy conoce el mundo, Carlos Gardel ya caminaba las noches del Uruguay entre guitarras, cafés y amaneceres interminables. Mientras el Río de la Plata discutía su origen, el cantor más célebre del tango encontraba en Montevideo, Maldonado y las costas del Este algo más íntimo que un escenario: una tierra donde dejó amigos, recuerdos y una historia de amor que todavía sobrevive entre cartas amarillentas y fotografías en sepia. Isabelita fue parte de ese misterio sentimental que acompañó al Zorzal mientras su voz comenzaba a convertirse en leyenda.
Hay hombres que parecen haber nacido para pertenecer un poco a todos lados y, al mismo tiempo, no ser completamente de ningún lugar. Carlos Gardel fue uno de ellos.
Cada ciudad del Río de la Plata quiso quedarse con una parte de su mito. Francia mostró documentos. Argentina levantó monumentos. Uruguay guardó silencios, recuerdos y una convicción que todavía atraviesa generaciones: que el hombre que cambió para siempre la historia del tango tenía algo profundamente oriental en la mirada y en el alma.
Pero antes de transformarse en estatua, en estampilla o en discusión académica, Gardel fue un hombre de carne, humo y madrugada. Y en Uruguay dejó mucho más que canciones.
El romance que todavía flota en el aire
Entre las historias que sobreviven alrededor del cantor aparece una figura envuelta en la elegancia y el misterio de los años veinte: Isabel del Valle, “Isabelita”.

Su relación habría nacido durante una de las tantas estadías de Gardel en Montevideo, cuando el cantor cruzaba constantemente el Río de la Plata para actuar en teatros, radios y reuniones privadas donde la aristocracia rioplatense se mezclaba con músicos, bohemios y hombres del turf.
Las imágenes de época muestran a una pareja suspendida en un tiempo que ya no existe: copas en alto, sonrisas cómplices y la sensación de que la noche nunca iba a terminar.

También quedó una postal escrita de puño y letra por Gardel, dedicada a Isabelita. Apenas unas pocas palabras, suficientes para alimentar durante décadas la leyenda romántica alrededor del Zorzal.

Porque Gardel hablaba poco de su vida íntima. Protegía sus afectos con la misma habilidad con la que manejaba el misterio sobre su nacimiento.
Gardel y las costas uruguayas
Mucho antes del auge inmobiliario, de las torres frente al mar y de las temporadas multitudinarias, el Este uruguayo era un territorio de playas abiertas, caminos de arena y pueblos pequeños donde todos se conocían.
Gardel pasó por Maldonado, San Carlos y Aiguá. Cantó, compartió reuniones sociales y recorrió rincones que todavía conservaban un ritmo rural y marítimo. En sus empedrados, en ciertas fachadas, en algunas ochavas quietas en el tiempo, la imagen y la voz de Carlos Gardel parece incluirse en el paisaje del Maldonado histórico, ese que todavía respira una suerte de tango melancólico. Y tan equivocada no es esa percepción porque tanto la voz como la figura de “el Zorzal” se pasearon por este departamento uruguayo. Porque Gardel cantó en Aiguá junto con Razzano en 1918, en el mes de febrero. Su presencia en esa ciudad y en San Carlos, inspiróa los parroquianos del Club Oriental de San Carlos, el andar pausado y mundano del cantante. Y a los parroquianos del Oriental, a pedirle que una vez más y a capella llene el aire de música, de palabras, como si la máquina del tiempo por fin se hubiera inventado.
Sus paseos por las playas uruguayas, también tuvieron durante una época nombre propio: Isabel Martínez del Valle, la “novia eterna” de Gardel, quien terminó viviendo en Punta del Este junto con su marido Mario Fattori y el hijo de la pareja, Martín. En la ciudad, Isabel estuvo a cargo del restaurante Canario, arrendó el Hotel British House, La Barra Hotel de Maldonado y el Arcobaleno.
Imaginarlo caminando aquellas costas tiene algo cinematográfico: el sombrero apenas inclinado, el traje impecable, la voz grave atravesando la noche y el sonido lejano del mar mezclándose con una guitarra.
En Montevideo, mientras tanto, era recibido como un verdadero ídolo popular. Actuó en teatros, cafés y radios en momentos en que el tango comenzaba a consolidarse como la gran banda sonora del Río de la Plata.

Su vínculo con Uruguay también quedó marcado por su amistad con el legendario jockey uruguayo Irineo Leguisamo, a quien Gardel admiraba profundamente y llamaba “mi hermano”. El turf, las carreras y las largas noches montevideanas formaban parte de ese universo gardeliano donde se mezclaban el glamour, la bohemia y la nostalgia.
La nacionalidad que nunca dejó de discutirse
Durante décadas, la versión más difundida sostuvo que Gardel había nacido en Toulouse, Francia, en 1890, bajo el nombre de Charles Romuald Gardès. Sin embargo, Uruguay jamás abandonó otra teoría: que el cantor habría nacido realmente en Tacuarembó.

Tal vez sirva para zanjar la larga polémica acerca de la nacionalidad de Gardel, lo cierto es que se trata de la Cédula de Identidad legal argentina que tramitó Carlos Gardel el 4 de noviembre de 1920, un mes después de haber solicitado el Registro de Nacionalidad uruguaya, y en donde figura como nacido el 11 de diciembre de 1887 en Tacuarembó, Uruguay , según explicó al diario El País la investigadora Martina Íñiguez.


El documento forma parte de la colección de más de 40 mil piezas que la Fundación Industrias Culturales Argentinas (FICA) posee sobre tango. Una copia será llevada al Museo Gardel en Tacuarembó para su exhibición.
Para Íñiguez este documento importante “porque la Argentina, al habérselo otorgado, reconoce implícitamente la validez legal del Registro de Nacionalidad aunque quienes sostienen que era francés lo intentan calificar como un simple `salvoconducto”.
“Esa fue una declaración voluntaria en la que expone que sus padres fueron María y Carlos Gardel y fue realizada antes de que se nacionalizara argentino, pero ese número de documento es el que lo acompañará durante toda su carrera artística, su facsímil nunca antes fue publicado y permaneció escondido durante más de 75 años”, aseguró Íñiguez sobre la declaración firmada de puño y letra en la que se autodenomina como “uruguayo” y también como “artista”.

La hipótesis uruguaya lo vincula a la poderosa familia Escayola y sostiene que su verdadera identidad fue ocultada durante años para evitar un escándalo social y político.
La discusión volvió a encenderse recientemente cuando reaparecieron antiguos documentos donde el propio Gardel declaraba haber nacido en Uruguay.
Tal vez la grandeza del mito esté justamente ahí: en que nunca terminó de resolverse del todo.
Porque Gardel entendió algo antes que nadie. Las leyendas no necesitan explicarse completamente. Necesitan permanecer suspendidas entre la verdad y el deseo.
El hombre que todavía canta
Gardel murió el 24 de junio de 1935, en Medellín, Colombia, en un accidente aéreo que conmocionó al mundo entero. Tenía apenas 44 años.
Sin embargo, algunas voces parecen inmunes al paso del tiempo.
Todavía hoy, cuando suena “Volver”, “El día que me quieras” o “Soledad”, el Río de la Plata entero parece detenerse unos segundos.
Y en Uruguay, entre cafés antiguos, postales desteñidas y recuerdos de madrugada, sigue flotando la sensación de que Gardel nunca terminó de irse del todo.
Ver además: La Comparsita: Made in Uruguay





