Elina Damiani: la imaginación no tiene edad

Elina Damiani: la imaginación no tiene edad
Elina Damiani, artista

Entre las maderas recuperadas del anticuario de su padre, los recuerdos de una infancia en el campo y las historias de una familia de artistas, encontró su propio lenguaje. Desde La Barra, pinta un universo naíf donde conviven barcos, animales y escenas fantásticas, con la libertad de quien todavía disfruta descubrir adónde puede llevarla una mancha.

Antes de que aparecieran los barcos, estaban las maderas. Elina Damiani las recogía entre los sobrantes de los muebles que restauraba su padre en el anticuario Rescate. Eran tablitas de descarte que ella elegía para pintar: fragmentos que encontraban otra vida entre pinceles y colores.

El primer barco le llevó un mes. Lo pintó al óleo, con la paciencia de quien está aprendiendo y todavía desconoce cuánto puede hacer. Cuando lo terminó, se lo llevó Ivonne Green, una clienta argentina del anticuario, vinculada desde hacía años a La Barra. Aquella primera venta abrió un camino que Elina fue recorriendo a su manera.

De las maderas recuperadas del anticuario familiar surgieron sus primeros barcos y el comienzo de una vocación

La sugerencia había partido de su tío, el artista plástico Jorge Damiani: ¿por qué no probar con pequeños barcos sobre madera? Su padre acompañó la idea y comenzó a vender las pinturas en Rescate. Un hermano le acercaba un libro con dibujos de embarcaciones que le servían de referencia. Ella trabajaba en formatos pequeños, de diez por diez o veinte por diez centímetros, y las tablitas encontraban compradores.

Después crecieron las dimensiones y se ampliaron los temas. Llegaron el campo, los animales, las marinas y, con el tiempo, composiciones cada vez más libres. La madera sigue siendo uno de sus soportes, junto con la tela. Cada uno le ofrece posibilidades distintas para una búsqueda que conserva algo de aquel comienzo: probar, mirar y animarse a seguir.

Con una mirada libre y espontánea, Elina transforma animales, paisajes y escenas cotidianas en pequeños universos de imaginación

Una infancia entre dos mundos

Elina nació en Montevideo, pero al mes de vida ya estaba en Florida, en el tambo de su abuelo materno. Allí pasó sus primeros diez años. El campo fue su paisaje cotidiano mucho antes de convertirse en motivo de sus cuadros: los animales, la vegetación y la vida al aire libre formaban parte de una experiencia cercana.
Después llegó Montevideo, la adolescencia y, más adelante, el matrimonio y sus tres hijos. La pintura comenzó a ocupar un lugar propio en su vida adulta, aunque el arte llevaba mucho tiempo presente en la familia.

Su abuelo, el cantante lírico Víctor Damiani, había desarrollado una carrera que lo llevaba de un escenario a otro. En casa circulaban relatos de teatros, temporadas de ópera y travesías en barco. Italia aparecía una y otra vez en esas conversaciones: su padre había nacido en Milán; su tío Jorge, en Nervi, junto a Génova.

Las historias familiares, los viajes y la cercanía con el arte forman parte de la sensibilidad que atraviesa su obra

Para una niña, aquellas historias tenían la naturalidad de los cuentos familiares. Solo con los años Elina advirtió lo extraordinario de ese mundo de viajes, vestuarios y escenarios.
“Me crié en esa fantasía”, recuerda.
Había, además, objetos antiguos en el trabajo de su padre y pintura en la trayectoria de su tío. Distintas maneras de convivir con la belleza, de reconocer una forma o de imaginar una escena. Elina creció cerca de ellas, aunque su aprendizaje frente al soporte sería autodidacta.
Sus antiguas compañeras de colegio todavía le recuerdan que dibujaba bien. Ella no se reconocía especialmente en esa habilidad. El oficio fue apareciendo al hacerlo, con cada nueva tabla y cada tema que se animaba a abordar.

El mundo visto desde La Barra

En 2000 se instaló en La Barra, en la casa donde sigue viviendo y trabajando. El mar se sumó a los paisajes de su infancia y encontró un lugar persistente en su obra.
También dejó una pintura fuera del ámbito privado: el cartel de bienvenida a La Barra que está allí desde aquel año. Elina lo ha restaurado en distintas oportunidades, acompañando la vida de una pieza que forma parte del paisaje cotidiano del lugar. Según cuenta, este año recibió de la Alcaldía de San Carlos una placa de reconocimiento por su aporte cultural a la zona.

La Barra es su lugar en el mundo: allí encuentra inspiración. Por ello, la Alcaldía de San Carlos le ofreció un reconocimiento fraterno


En sus cuadros, ese entorno se transforma. La naturaleza le da motivos, pero la imaginación decide qué hacer con ellos. Dentro del lenguaje naíf, encuentra espacio para reunir personajes, multiplicar detalles y construir escenas que invitan a detenerse.

Le interesa que siempre haya algo más por descubrir. Una figura pequeña, una situación divertida, un gesto que aparece al mirar de nuevo. El color sostiene ese universo, en el que la observación convive con la fantasía.

Su libertad también tiene que ver con la manera en que aprendió. “Como no tengo escuela, soy muy versátil”, dice. Pasa de un tema a otro siguiendo la curiosidad, sin sentir que una nueva experiencia la obliga a dejar atrás las anteriores.

Italia, una historia que continúa

La pintura le abrió, además, un recorrido europeo. Comenzó a exponer en Barcelona y allí conoció a otros artistas naíf, vínculos que dieron lugar a nuevas invitaciones y muestras en Italia.
Los viajes tuvieron una resonancia particular. Aquellos lugares que habían poblado los relatos familiares pasaron a formar parte de su propia vida. Génova dejó de ser solamente una referencia en las historias de su abuelo y de su tío: hoy tiene allí amigos que la reciben y un espacio donde puede pintar.

Una mancha sobre la tela es el punto de partida para explorar formas inesperadas y descubrir nuevos mundos acuaticos

Habla de esa cercanía con alegría. En Italia ha encontrado una continuidad de sus hábitos, un lugar donde trabajar y sentirse acompañada. La fantasía que escuchaba de niña adquirió una forma cotidiana: llegar, instalarse, tomar los pinceles.
Mientras tanto, sus tres hijos siguieron otros caminos. El mayor se doctoró en Sociología en Barcelona y los otros dos son ingenieros agrónomos. Elina cuenta esa diversidad familiar con humor, entre su mundo de invenciones y las profesiones de sus hijos.

“La mancha me habla” Ahora explora fondos marinos sobre tela. Son composiciones fantasiosas que empiezan con una mancha y se desarrollan a partir de lo que ella descubre en esa primera forma. “La mancha me habla”, explica. Elina observa y dibuja sobre lo que aparece. El cuadro se va definiendo durante el trabajo: una forma sugiere otra, surgen criaturas, se construye un mundo bajo el agua. En esa serie permite que algunos pasajes se acerquen a la abstracción, siempre dentro de su sensibilidad naíf.
Al mismo tiempo, prepara obras pequeñas, de unos veinte por treinta centímetros, habitadas por gaviotas, surfistas y animales con actitudes humanas. Hay algo de historieta en esas escenas, una intención de contar y hacer sonreír. Su presente como abuela también encuentra lugar en ese juego que, según dice, la divierte mucho.

Gaviotas, surfistas y animales humanizados dan vida a escenas llenas de humor, color y fantasía

Elina sigue pintando barcos, naturaleza y marinas. A ese repertorio le agrega nuevas ocurrencias, con el deseo de que la próxima obra le proponga algo distinto.
Las tablitas rescatadas del anticuario ya contenían esa posibilidad: mirar un fragmento de madera e imaginar lo que podía aparecer allí. Décadas después, frente a una tela, todavía se concede el tiempo de escuchar qué le cuenta una mancha.